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19-08-2002

Una familia de docentes de Ayoó de Vidriales restaura la torre defensiva de la localidad

castillo_bn.jpg (27427 bytes)La toponimia de nuestros pueblos suele proporcionar gratos descubrimientos. En la calle de Castillo de Ayoó de Vidriales, se alza una torre defensiva que en tiempos pudo formar parte de una construcción mayor. Su origen se remonta a la repoblación de la cuenca del Duero en el siglo XII. El lugar, que ha tenido diversos usos a lo largo del tiempo, ha sido restaurado por sus propietarios, portadores de una rica tradición oral recibida de sus antepasados.

La familia Tostón Menéndez no posee un ducado ni ningún otro título nobiliario, pero puede presumir de ser la responsable de que un pedacito del rico patrimonio de la provincia no acabe derrumbado y en total abandono. De esto sobran ejemplos, algunos recientes de doloroso recuerdo. Lamentablemente, que gente normal y corriente invierta sus ahorros en acondicionar los restos de un antiguo castillo, es algo poco habitual en España, una más de las diferencias que nos separan de otros países europeos de nuestro entorno.
Fueron los tatarabuelos de Felipe Tostón Álvarez, el patriarca familiar cuya locuacidad y agilidad al subir y bajar las escaleras de la torre desmienten los 90 años que acredita, quienes adquirieron el edificio. Este maestro de escuela natural de Ayoó inició la restauración de la fortaleza catorce años atrás. «Lo hice para que no se cayera, porque estaba en muy mal estado y los chavales entraban y rompían todo lo que se encontraban, aunque nunca me imaginé verlo como ahora», comenta con una sonrisa de satisfacción. Relata que el lugar fue utilizado para almacenar uvas y patatas, como pajar y hasta de palomar. El docente, que ejerció en su localidad natal varios años, recuerda haber visto en su adolescencia muchos papeles dentro de las cuatro paredes. «Entre ellos una cédula real de la época de Fernando VII». En 1996, durante la restauración de la iglesia de la villa, el castillo albergó las imágenes de los santos. Sus hijos, María Antonia y Felipe Gabriel, también profesores, recuperaron la torre hace dos años, respetando la estructura original, y la convirtieron en vivienda.
El exterior es de mampostería con sillares «muy bien trabajados» en las esquinas, «aunque aquí no consta que hubiera picapedreros», explica Felipe Gabriel, historiador del arte. Junto a la puerta de entrada actual aún se conserva incrustada una argolla de hierro para atar a las cabalgaduras. En uno de los muros, a la altura del primer piso, se observa lo que parece ser una ventana grande. Estamos ante la llamada "Puerta del Sol", seguramente una de las entradas primitivas del recinto, debajo de la cual se encontraría el foso. «Siempre se la ha conocido así, es probable que por su orientación al este». La planta baja, donde se ubica un coqueto salón, corresponde al emplazamiento de las antiguas mazmorras. Posee un ventanuco abocinado con rejería antigua que se abre a una calleja y confirma esta teoría.
Unas escaleras de piedra nos conducen hasta la parte de arriba, donde la parte interior de la "Puerta del Sol" se ha transformado en un precioso cenador desde el que se puede apreciar una señal de cantero en uno de los sillares. Las habitaciones, con camas de hierro cubiertas por colchas de lino «tejido en los talleres de Rosinos de Vidriales», luminarias, baúles y mesillas del siglo XIX, dan al lugar un encanto poco visto al que contribuyen las ménsulas del techo, perfectamente conservadas. Desde la segunda planta, dedicada a cocina, se accede a la terraza, por la que días y noches de un tiempo muy lejano pasearon en sus turnos de guardia los saeteros. Es un espacio privilegiado, con vistas a la rica vega, la zona de "Prapalacio" (Prado de Palacio) donde los monjes labraban fértiles huertas de tierra negra. En dirección al templo se pueden admirar las curiosas chimeneas de tres pisos en forma de pagodas que son uno de los emblemas del municipio, aunque cada vez quedan menos. «Dicen que si antiguamente se veía desde aquí la Mota de Benavente», recuerda María Antonia.
El origen de la fortaleza se remonta a la repoblación, ya que contribuiría a conservar militarmente la plaza, donde se asentaron gentes procedentes del norte. No hay que olvidar que en el pueblo existió el floreciente monasterio de Ageo, de la orden del Císter, que sufrió una razia de Almanzor y la ocupación militar de los templarios, pero esto es otra historia que tal vez algún día contemos. La documentación que probablemente existió sobre la torre se perdió en el incendio que a finales del XIX arrasó la población. Al parecer, cuando casi todos los habitantes estaban en una romería en el cercano Rosinos, la lumbre que habían prendido unos niños en unas pajas originó la desgracia. La tradición cuenta que los lugareños sacaron en procesión la imagen de San Bartolo y el fuego paró. Por eso, la fiesta patronal se cambió al 24 de agosto.
En la villa corrió el rumor de que la casa del sacerdote «se hizo con piedra del castillo», pero no queda nadie para confirmarlo. «Dicen también que la torre perteneció al Marqués de Alcañices», aventura Felipe Gabriel. «Ese hombre fue un gran depredador para este pueblo», apunta la alcaldesa, Sofía Tostón. De momento, todo son hipótesis. Sacar a la luz el pasado del edificio es una tarea pendiente para el historiador, que espera comenzar a consultar archivos en cuanto se lo permitan sus obligaciones.
El nombre de "Castillo de Malvivir", como los dueños escucharon llamar el lugar a sus antepasados, no hace honor a las comodidades que hoy presenta. «Estar aquí es muy relajante», comenta María Antonia Tostón. «Siempre hay la misma temperatura, en invierno parece como si tuviéramos calefacción dentro». Las paredes de piedra, de más de dos metros de anchura, probablemente tengan mucho que decir sobre esta circunstancia.
Los propietarios residen en León y Madrid, pero se desplazan a menudo a Ayoó para disfrutar durante unos días. Narran alguna anécdota, como que a sus amigos les llama la atención que veraneen en una fortaleza. «No hace mucho nos hizo mucha gracia escuchar cómo un niño, al pasar, preguntó a su padre si aquí vivía alguien y éste le respondió que sí y que seguro que se iluminaban con antorchas». La construcción, contrariamente a una primera impresión, es muy luminosa debido a su orientación. Las cuatro esquinas de la torre coinciden con los puntos cardinales

 

María Martínez García

 

 
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