|
La
toponimia de nuestros pueblos suele proporcionar gratos
descubrimientos. En la calle de Castillo de Ayoó de Vidriales,
se alza una torre defensiva que en tiempos pudo formar parte de una
construcción mayor. Su origen se remonta a la repoblación de la
cuenca del Duero en el siglo XII. El lugar, que ha tenido diversos
usos a lo largo del tiempo, ha sido restaurado por sus propietarios,
portadores de una rica tradición oral recibida de sus antepasados.
La familia Tostón Menéndez no posee un ducado ni ningún otro título
nobiliario, pero puede presumir de ser la responsable de que un
pedacito del rico patrimonio de la provincia no acabe derrumbado y
en total abandono. De esto sobran ejemplos, algunos recientes de
doloroso recuerdo. Lamentablemente, que gente normal y corriente
invierta sus ahorros en acondicionar los restos de un antiguo
castillo, es algo poco habitual en España, una más de las
diferencias que nos separan de otros países europeos de nuestro
entorno.
Fueron los tatarabuelos de Felipe Tostón Álvarez, el patriarca
familiar cuya locuacidad y agilidad al subir y bajar las escaleras
de la torre desmienten los 90 años que acredita, quienes adquirieron
el edificio. Este maestro de escuela natural de Ayoó inició
la restauración de la fortaleza catorce años atrás. «Lo hice para
que no se cayera, porque estaba en muy mal estado y los chavales
entraban y rompían todo lo que se encontraban, aunque nunca me
imaginé verlo como ahora», comenta con una sonrisa de satisfacción.
Relata que el lugar fue utilizado para almacenar uvas y patatas,
como pajar y hasta de palomar. El docente, que ejerció en su
localidad natal varios años, recuerda haber visto en su adolescencia
muchos papeles dentro de las cuatro paredes. «Entre ellos una cédula
real de la época de Fernando VII». En 1996, durante la restauración
de la iglesia de la villa, el castillo albergó las imágenes de los
santos. Sus hijos, María Antonia y Felipe Gabriel, también
profesores, recuperaron la torre hace dos años, respetando la
estructura original, y la convirtieron en vivienda.
El exterior es de mampostería con sillares «muy bien trabajados» en
las esquinas, «aunque aquí no consta que hubiera picapedreros»,
explica Felipe Gabriel, historiador del arte. Junto a la puerta de
entrada actual aún se conserva incrustada una argolla de hierro para
atar a las cabalgaduras. En uno de los muros, a la altura del primer
piso, se observa lo que parece ser una ventana grande. Estamos ante
la llamada "Puerta del Sol", seguramente una de las entradas
primitivas del recinto, debajo de la cual se encontraría el foso.
«Siempre se la ha conocido así, es probable que por su orientación
al este». La planta baja, donde se ubica un coqueto salón,
corresponde al emplazamiento de las antiguas mazmorras. Posee un
ventanuco abocinado con rejería antigua que se abre a una calleja y
confirma esta teoría.
Unas escaleras de piedra nos conducen hasta la parte de arriba,
donde la parte interior de la "Puerta del Sol" se ha transformado en
un precioso cenador desde el que se puede apreciar una señal de
cantero en uno de los sillares. Las habitaciones, con camas de
hierro cubiertas por colchas de lino «tejido en los talleres de
Rosinos de Vidriales», luminarias, baúles y mesillas del siglo XIX,
dan al lugar un encanto poco visto al que contribuyen las ménsulas
del techo, perfectamente conservadas. Desde la segunda planta,
dedicada a cocina, se accede a la terraza, por la que días y noches
de un tiempo muy lejano pasearon en sus turnos de guardia los
saeteros. Es un espacio privilegiado, con vistas a la rica vega, la
zona de "Prapalacio" (Prado de Palacio) donde los monjes labraban
fértiles huertas de tierra negra. En dirección al templo se pueden
admirar las curiosas chimeneas de tres pisos en forma de pagodas que
son uno de los emblemas del municipio, aunque cada vez quedan menos.
«Dicen que si antiguamente se veía desde aquí la Mota de Benavente»,
recuerda María Antonia.
El origen de la fortaleza se remonta a la repoblación, ya que
contribuiría a conservar militarmente la plaza, donde se asentaron
gentes procedentes del norte. No hay que olvidar que en el pueblo
existió el floreciente monasterio de Ageo, de la orden del Císter,
que sufrió una razia de Almanzor y la ocupación militar de los
templarios, pero esto es otra historia que tal vez algún día
contemos. La documentación que probablemente existió sobre la torre
se perdió en el incendio que a finales del XIX arrasó la población.
Al parecer, cuando casi todos los habitantes estaban en una romería
en el cercano Rosinos, la lumbre que habían prendido unos niños en
unas pajas originó la desgracia. La tradición cuenta que los
lugareños sacaron en procesión la imagen de San Bartolo y el fuego
paró. Por eso, la fiesta patronal se cambió al 24 de agosto.
En la villa corrió el rumor de que la casa del sacerdote «se hizo
con piedra del castillo», pero no queda nadie para confirmarlo.
«Dicen también que la torre perteneció al Marqués de Alcañices»,
aventura Felipe Gabriel. «Ese hombre fue un gran depredador para
este pueblo», apunta la alcaldesa, Sofía Tostón. De momento, todo
son hipótesis. Sacar a la luz el pasado del edificio es una tarea
pendiente para el historiador, que espera comenzar a consultar
archivos en cuanto se lo permitan sus obligaciones.
El nombre de "Castillo de Malvivir", como los dueños escucharon
llamar el lugar a sus antepasados, no hace honor a las comodidades
que hoy presenta. «Estar aquí es muy relajante», comenta María
Antonia Tostón. «Siempre hay la misma temperatura, en invierno
parece como si tuviéramos calefacción dentro». Las paredes de
piedra, de más de dos metros de anchura, probablemente tengan mucho
que decir sobre esta circunstancia.
Los propietarios residen en León y Madrid, pero se desplazan a
menudo a Ayoó para disfrutar durante unos días. Narran
alguna anécdota, como que a sus amigos les llama la atención que
veraneen en una fortaleza. «No hace mucho nos hizo mucha gracia
escuchar cómo un niño, al pasar, preguntó a su padre si aquí vivía
alguien y éste le respondió que sí y que seguro que se iluminaban
con antorchas». La construcción, contrariamente a una primera
impresión, es muy luminosa debido a su orientación. Las cuatro
esquinas de la torre coinciden con los puntos cardinales
|