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A
mediodía del domingo 3 de agosto Agustina Carbajo Aldonza
era enterrada en el cementerio de Ayoó. Era el punto final de una
vida larguísima, de 102 años, que hubieran sido 103 en el mes de
noviembre, el día 19. Agustina era la persona de mayor
edad en Ayoó y posiblemente, en todo el valle de Vidriales.
Hija
de Waldo y de Florentina, Agustina fue una de
las hijas de una familia numerosa: Dionisio, Francisca
–Kika-, Anastasia, Dorotea, Bibiana,
Clementina y ella misma. De todos ellos solo vive Clementina,
Menta, la más joven de los hermanos, que ahora cuenta con
96 años.
Agustina
había nacido en Ayoó y aquí se había casado con Gabriel,
con quien tuvo dos hijas, Rosalina, que se casó con Benigno,
ya fallecido, y Josefa. Ellas son las madres de sus nietos:
Pepe y Velarmino –ambos también fallecidos-, Herenia,
Martiniano, Gabriel y Paulino (sus esposas
son, respectivamente, María, Antonia, José,
Paqui y Geme; Gabriel es soltero). La tercera
generación la forman una decena de nietos e incluso hay dos
biznietos, a los que también llegó a conocer Agustina.
Ella
se había quedado viuda hace más de treinta años. Eso y la
temprana muerte por enfermedad de dos de sus nietos era lo único
que empañaba una existencia tranquila, que la llevaba cada dos
meses de Zamora a Portugalete (Vizcaya), para poder ser cuidada
por su familia.
Agustina
tenía mal la vista desde hace años, pero la cabeza le funcionaba
perfectamente. Reconocía a todo el mundo y en cuanto le
preguntabas, contaba cuál era el secreto de encontrarse tan bien:
“beber un vasito de vino con las comidas”.
Le
gustaba mucho comer todo lo que habitualmente se hacía en el
pueblo, pero no era muy amiga de experimentar con sabores nuevos.
Nunca pudo probar los langostinos que con la mejor intención se
echaban en la paella. “Mira que echar cocos en la comida”, solía
decir.
Sus
nietos siempre recuerdan que incluso ya con muchos años encima,
era difícil seguir su paso, rápido y ligero. También era una
gran aficionada a las cartas y se seguía juntando con su hermana
y otras vecinas para jugar a la brisca.
Con
90 ya cumplidos, Agustina se cayó y se rompió la pierna.
Todo el mundo pensaba que aquello era el principio del fin.
Pero no. Se recuperó mejor que muchos jóvenes y salvo por el
problema de la vista, su estado de salud ha sido estupendo hasta
el final. El pasado viernes por la noche falleció en el vizcaíno
hospital de Cruces. Su cuerpo fue trasladado hasta Ayoó y allí
se la enterró el domingo 3 de agosto. Sus restos reposan ahora en
la tumba familiar, junto a los de su marido Gabriel.
Descanse en paz. |