Ayoó es un pueblo de Zamora
entre León y Sanabria.
En este pequeño pueblo
fue transcurriendo mi infancia
que a pesar de los trabajos
siempre alegre me encontraba.
Me gustaba ir al campo
para cuidar de las vacas
con otros muchos amigos
que allí muy bien se pasaba.
Recorríamos el monte
para ver que se encontraba
igual cogíamos lagartos
que nidos de palomas y de urracas.
Hacíamos
un buen fuego
y allí todo se asaba
nos lo comíamos juntos
y ¡qué bueno aquello estaba!.
Cuando se
ponía el sol
regresábamos a casa.
Hasta que llega la cena
nunca de hacer nos faltaba.
O cuidar de
las ovejas
o dar de comer a las cabras
sacar la cama a los cerdos
o la cuadra de las vacas,
para ayudar a los padres
que cansados se encontraban.
La Madre hacía
la cena
en una cosa muy rara
una olla con tres patas
que Pote se le llamaba.
¡Y cómo
gustaba todo
en aquella cosa rara!: los garbanzos
las habas y el potaje.
Sería por la escasez que entonces
no había abundancia.
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También la
cazuela negra
de vez en cuando se usaba
para guisar la costilla
o bacalao con patatas.
La sartén
en la cocina
casi de adorno se hallaba
pues si se freía un huevo
algo grave allí pasaba.
O había algún
enfermo
o el huevo muy roto estaba.
Porque venía el huevero
y todos se los llevaba.
Los pagaba a
veinte reales,
la docena, ¡qué pensabais!
que si sería cada huevo
sería una millonada.
Como era la
posguerra
no teníamos de nada
si teníamos algún juguete
era lo que te inventabas.
Hacíamos
una peonza
de un tarugo que encontrabas.
Hacíamos un camión
con carretes y una lata.
Y si tenías
la suerte
de tener un aro de herrada
con un trozo de alambre
¡qué carreras te montabas!.
En este
pueblo señores
la vida al toque marchaba.
El cuerno “pa” las ovejas
la trompeta “pa” las cabras.
Para la vacada y la yeguada
las campanas se tocaban.
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Para las
yeguas
seis golpes secos se daban.
Un “dan, dan” para las vacas,
tres golpes con la pequeña,
para abajo se llevaban
y si era con la grande
al contrario se mandaban.
Las campanas
en mi infancia
eran cosa muy usada.
Para llamar a la Misa, a Rosario,
para reunir el concejo
para ver que se trataba.
Hoy día
paso de moda
ya no tocan las campanas.
Sólo cuando hay un difunto
para avisar al pueblo
que recen por su alma.
Los Domingos
por la tarde
nos íbamos a la plaza.
Y allí, ¡qué griterío, qué chillidos,
qué algaradas!.
Había
muchos chiquillos (o rapaces)
ahora no se ve nada.
Que triste se quedó el pueblo
sin rapaces en la plaza.
Ahora se ven
los mayores
paseando con sus bastones y cachas.
Que si Dios no lo remedia
-cosa que veo muy rara-
no quedarán ni mayores
que paseen por la plaza.
Así pasó
aquella infancia
a grandes rasgos contada.
En otra contaré la juventud
si se dignan
publicarla.
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