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El tañido del valle

Guillermo Alonso

Durante algunos años, el campanero emigró a Francia y trabajó como albañil para poder pagar las obras de su propia casa. Por entonces participó en la construcción de una iglesia y pudo aportar lo que sabía sobre campanarios. Allí estará el templo y allí, dentro de una botella de gaseosa oculta bajo los cimientos de hormigón, estará una fotografía que lleva su nombre. De este modo, el sacerdote quiso agradecer el esfuerzo de los obreros que levantaron una iglesia que era su vida.

Seguro que el paisaje que se divisaba desde aquel campanario cercano a Grenoble no era tan bello, ni tan querido para él, como el de Ayoó de Vidriales. Las aguas del Tera, perfiladas de olmos y chopos, dan vida a multitud de pequeñas huertas y fincas con cereal y viñas que durante siglos fueron el sustento de sus habitantes. Ya en el pueblo, las casas se disponen alrededor de la ladera sobre la que asoma una bella iglesia de piedra. Y arriba, el campanario, vigilando el valle.

Guillermo nació hace sesenta y nueve años en una de las casitas que había junto al templo del pueblo zamorano. Eran siete hermanos, aunque a uno lo mató un rayo. Dice que en su familia había educación, vergüenza y estaca, son cosas que echa de menos ahora, “porque la libertad me gusta y está bien, pero no tan bien”, puntualiza, y planta sus manos sobre la mesa de la cocina, para dar fuerza a su argumento.

Cuando era niño, si Guillermo padre le decía “haz esto”, no había que darle vueltas. Y a él, con nueve años, le dijo que tenía que llevar las ovejas y que la escuela se había acabado, que lo que tuviera que saber lo aprendería yendo unas horas a un maestro particular. Y así fue.

Pero no causó en Guillermo trauma alguno. Al contrario. Recuerda los años de adolescencia con entusiasmo. “Hacíamos una vida muy alegre”, dice, y recuerda las tardes de invierno en las que mozos y mozas preparaban comedias y teatros, “Al estilo pueblo”. La vida es sueño, Los siete infantes de Lara, Guzmán el Bueno... fueron pasando por la plaza de Ayoó y también la favorita de Guillermo, la que narra la pasión y muerte de Jesús, “una comedia preciosa, la mejor que se ha echado”, en la que él hacía de Poncio Pilatos. “Teníamos una diversión bárbara. Esa era vida buena, y sin gastar ni una peseta. Si ahorrábamos, comprábamos un cabrito, o pollos, o pesca, y diversión pa cá y pa llá”.

Viendo cómo tocaban las orquestinas Guillermo se aficionó a la batería. En plan autodidacto: “Andando con las ovejas aprendí. Con una lata colgada de la cintura y una cazuela, pum pum pum, así aprendí. Iba con las ovejas mareando, y así empecé”. Él tocaba la caja y un compañero la dulzaina; luego Guillermo se compró el bombo, y su amigo el saxofón. “Éramos caseros, sencillo, pero tuvimos, pero tuvimos muchos años de trabajo. Mi compañero tocaba las jotas que era un encanto. Y era un labrador, como yo”.

Guillermo también cantaba: La comparsita, Francisco Alegre, Del cielo cayó una rosa... Cuando los llamaban para una de esas bodas de antes, que duraban cuatro días, además de los bailes echaban la alborada por el pueblo. “Levántate morenita, levántate resalada, levántate morenita, que viene la madrugada, levántate”, canta con delicadeza, y dice que, cuando él y Genoveva, su mujer, anduvieron de novios, también la fue a rondar.

Siempre ha tenido oído para la música, campanas incluidas. Como se criaron al pie de la iglesia, todos los hermanos fueron monaguillos y Guillermo tuvo fácil acceso al campanario. Al principio escuchaba cómo tocaban otros y los imitaba, con el tiempo, consiguió su propio toque. “Ese es Guillermo”, dicen los vecinos. “Din-don, don-don-din, don-don-din...” canturrea, para explicar a qué suenan sus campanas. Dice que cada uno tiene su forma, su toque, su dibujo. Que el volteo lo hace cualquiera, pero el toque encierra una melodía, de la que no todo el mundo se percata.

Antes, cuando sonaban las campanas, los vecinos dejaban un momento lo que estuvieran haciendo para prestar atención. Había un toque para convocar el concejo de vecinos, el de Calvario, en Semana Santa, el de fuego, o el que anunciaba la muerte de un niño, algo muy frecuente  por entonces. También estaban los toques de vacada para arriba y vacada para abajo, para que la gente supiera el camino que seguían sus vacas y jatos. “Las campanas –dice Guillermo, nostálgico- han sido un punto de mira muy bueno, pero ahora ya todo es el reloj y la televisión”.

Todavía tiemblan los badajos en Ayoó en las fiestas y procesiones, o en ocasiones especiales, como cuando fallece uno de los vecinos. El toque a vacada se ha perdido, porque ahora los vecinos no comparten esa tarea, y cada cual se ocupa de su propio ganado. A la gente le gusta que las campanas sigan sonando, pero no participa. Y Guillermo se cansa. Le gustaría poder enseñar a algún chico joven, “aunque sólo piensan en la peña y en la discoteca. Esa es su rutina. Yo también tendría la cabeza a grillos a los diez años, pero había una preocupación por aprender”, comenta.

Ni los jóvenes ni nada son como antes fueron. Ya nadie se marcha a Francia, como Guillermo y otros muchos de su generación, a trabajar diez horas al día y a vivir en las barracas que ponía el patrón. Con la pareja de vacas y las tierras, el matrimonio podía subsistir en el pueblo, pero no arreglar una casa que cuando se la dieron sólo tenía las paredes. Así que durante varios años el campanero se marchó para allá, e intentaba venir en verano a cosechar, y también a lamentarse porque en Francia ya había visto toda clase de maquinaria, y aquí, en Ayoó, tenían que seguir confiando en sus brazos. A la postre, aprendió un oficio, que luego siguió ejerciendo hasta la jubilación, sin abandonar el campo, ganó unas perricas y, además, logró que sus nombre y su fotografía quedaron perpetuadas en aquella iglesia cercana a Grenoble.

“Yo he tenido muchos laberintos”, recapitula Guillermo, echando la vista atrás. Y mira a su mujer y, respetuoso, añade: “Aunque ella también lo ganó en el pueblo, que trabajó tanto o más que yo”. Por eso ahora, aunque ya no tienen que ir a buscar el pan para traerlo a trillar, les parece extraño no tener que madrugar. Se entretienen echando un rato en la huerta, “y no lloviendo, no lo pasamos nada aburrido”, apuntan. Pero lo que de verdad le gusta a Guillermo es celebrar el domingo: “Te duchas, te preparas, tocas las campanas, en fin... Así se nota que es domingo. Sabes que hoy es fiesta, que es un día que Dios dejó para celebrarlo”.

 

Personas mayores. Paisajes eternos

Editado por la Junta de Castilla y León. Consejería de Sanidad y Bienestar Social. Gerencia de Servicios Sociales. Año 2002

Textos: Teresa Sanz Nieto

Fotografías: Santos Cid (foto Guillermo 02 y 03) y Germán González Sinova (foto Guillermo 01 y 04)

 

 
 Esta página se publicó por última vez el Friday, 01 June 2007 Copyright © 2006 J. N. A,