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El Ti Joaquin

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Actualizado: hace 2 horas 33 mins

De siegas y segadores

Dom, 09/07/2014 - 17:59




“Todo cambia, nada es”. El filósofo Heráclito de Éfeso (535 AC - 484 DC) razonaba el tránsito del tiempo y su efecto en nosotros con ésta y otras frases, como “nadie se baña dos veces en el mismo río”. Si bien esto es cierto, y por tanto indiscutible, también es evidente que hacemos cosas que parecen saltarse esa máxima, realizamos actividades y tenemos comportamientos que aparentan ser eternos. Una forma de subsistencia ha convivido con la humanidad desde sus tiempos más remotos, algunos calculan más de 8000 años: el cultivo de cereales. Con éste cultivo el ser humano ha tenido hasta los últimos 80 o 100 años el mismo método de recolección, agarrar con una mano, normalmente la izquierda, un puñado de tallos a poca distancia del suelo y cortarlos con la otra mano ayudado de una herramienta con forma curva y afilada en su parte cóncava, una hoz. ¿Qué son, pues, 100 años en 800 siglos, mas que un amanecer dentro de una eternidad?
Pues nos pondremos a hablar de siegas, y para que no se nos olviden, me parece adecuado recordar los últimos nombres que se dieron en el proceso de convertir las espigas en harina y la paja en alimento o cama de ganado, aunque sea comenzar una guerra de nombres y enfrentarse a la mismísima Real Academia de la Lengua. Una vez más repito que cambiar de comarca es cambiar de maneras de nombrar; las que yo aportaré son las dí porque así me enseñaron en la nuestra, Valdería y Vidriales.
Segar es cortar, pero no de cualquier forma, como cualquier trabajo se efectúa con orden para un mayor rendimiento y eficacia. Para segar con la hoz se comenzaba la parcela de derecha a izquierda y cada segador llevaba una franja tan ancha como alcanzara su brazo caminando solo hacia adelante. Eso es una “calle”, “mano” o “sucada”. Cada puñado de tallos segado, la “manada”, se dejaba en el suelo al lado izquierdo, hasta que quedaba incómodo y entonces se comenzaba otro montón. Estos montones de manadas son las “gavillas”, y como solían ser pequeñas para manejar se juntaban dos o más para crear un “manojo”. A este acto se le llamaba “engavillar” y quienes lo hacían “engavilladores”. Los manojos se ataban con un puñado de su mismo montón, bien ordenado por la parte de las espigas. Sin soltarlas con una mano, para esto había diestros y zurdos, se abrazaba el manojo para pasar al otro lado y con un giro alrededor de las espigas e introducidos por debajo de los tallos el manojo quedaba atado. Este puñado de atar tiene varios nombres, siendo “gadañuela” o “garañuela” los más usados, aunque también se le llama, incorrectamente, “encaño”. El encaño es el tallo y la espiga sin grano, para ello se “majaba” sobre una madera, y se usaba para atar varias cosas, previa inmersión en agua para devolverle sus propiedades elásticas. Una vez atados los manojos se amontonaban para cargarlos sin mover el carro, y luego se “respigaba”, es decir, se recogían una a una las espigas que se pudieran haber perdido. Estos montones de manojos ordenados se llaman “morenas”, y se solía hacer una pequeña al comenzar a segar para poner la comida y la “barrila” de agua a la sombra.
La siega se hacía con rapidez, con energía y ritmo. Si un segador se paraba o ralentizaba hacía parar a quien llevaba detrás, a su derecha. Por eso los mejores iban delante, como una selección natural según las habilidades de cada uno. Los jóvenes engavillaban y ataban, y segaban detrás un ancho menor hasta coger práctica y resistencia. Por tanta presión los cortes en la mano izquierda serían habituales si no fuera por los “dediles” y la “galocha” (zoqueta). Los dediles son fundas de cuero para no cortarse los dedos, o para proteger uno herido. Para no perderlos iban unidos con una correa a la muñeca. La galocha o zoqueta es un objeto de madera con forma de recipiente en el que se introducen los dedos de la mano izquierda exceptuando el índice y el pulgar. También se ataba a la muñeca con un cordón. Otro útil que siempre acompañaba a los segadores era la piedra de afilar, para poner a punto las herramientas. Normalmente se introducía en un trozo de cuerno de vaca y se colgaba del cinturón, aunque fue más popular entre los segadores de guadaña, junto con el martillo y la “pica”, el pequeño yunque que se clava en el suelo para “picarla”, o adelgazarla en el corte.
Llega el momento de transportar los manojos a las eras, se empieza a “acarriar”. Los manojos se cargaban con el “forcón”, herramienta con dos dientes y un mango largo en el carro, al que se le sustituían las “costanas” por “pernillas” para una mayor capacidad. La parcela, segada y sin manojos, quedaba “de rastrojo”. Ordenar el carro siempre fue un arte, para evitar que las sacudidas por los baches del camino deformaran e incluso cayera parte de la carga. Para ello se colocaban los manojos horizontales con la espiga hacia el centro o alternados cuando quedaba hueco, y al terminar eran atados con dogales. Al carro mal cargado y a punto de perder parte de su carga se le decía “despanzurrado” o “abortizo”.
En las eras, que nunca fueron singular aunque fuera una, los manojos se almacenaban en una especie de edificio, también con la espiga hacia el interior, llamado “meda”. Había medas circulares, cuadradas o rectangulares, pero todas compartían una característica: como tejado una pendiente hecha con manojos con la espiga hacia el lado bajo para que la lluvia no penetrara en su interior. De la meda a la trilla, circular, para pasar por encima con un pesado tablero tirado por animales al que se le insertan pequeñas lajas de pedernal, el trillo. La trilla se volteaba para acceder a todas sus zonas, primero manualmente y últimamente con un simpático carrito metálico, el “volteador”, que funcionaba automáticamente por medio de bielas. Al finalizar se recogía para un montón, la “parva”, con un palo con forma de C abierta, el “calamón”. Con el viento, y más adelante mecánicamente, la parva se limpiaba, es decir, se separaba grano y paja, en montones llamados “muelo” y “parvón”, respectivamente. Durante todo este proceso se manipulaban las distintas herramientas que ya incluí en éste artículo. Al carro se le colgaban redes de las pernillas, las “armaduras”, para transportar la paja; el grano se transportaba el “fardelas” o “quilmas”, grandes bolsas de tejido de lino, hasta la “panera”, habitación habilitada en la casa para almacén, generalmente en el segundo piso, y se derramaba por el suelo para un completo secado. De ahí al molino, y la paja al pajar, a través del “boquerón”.
Antes de la llegada de la mecanización hizo aparición la guadaña o “gadaño”, la mejora de la hoz añadiéndole la elemental solución: un palo largo. No fue en principio bienvenida, por el “derroche” de paja al segar más alto. Y cuando quiso hacerse popular en el último siglo llegó el diseño de máquinas que dejaron obsoleto el rudimentario trabajo de la siega a mano. Primero fue la segadora-engavilladora, un ingenioso carro tirado por un équido que segaba y almacenaba varias gavillas hasta completar el manojo, que se ataba a mano. Luego, y por muy corto tiempo, este carro se tiró con un tractor y también ató los manojos, era la segadora-atadora. En las eras apareció el trillo mecánico, un cilindro dentro del cual un eje con cuchillas trituraba los manojos con la ayuda de un tractor. Más adelante fue la trilladora, que unía a la anterior máquina la aventadora y separaba automáticamente grano y paja. Y por último apareció la cosechadora, con todas las comodidades o incluso más que un turismo, que se mueve por las parcelas completando el proceso desde la siega hasta el transporte que llevará el grano al almacén. Tras de ella se pasa la empacadora, que recoge la paja y la comprime en unos paquetes llamados pacas para un fácil almacenamiento.
Hoy una sola persona en un día hace tanto trabajo como mil jornaleros, que de desplazaban decenas de kilómetros (o incluso centenares hasta Tierra de Campos, Valladolid) andando para ganarse un modesto jornal. La siega siempre fue una tarea dura y dolorosa. Raro era el segador que no se quejara de sus “cadriles”. El calor y la sed, los tábanos, las moscas y mosquitos, los dolores de riñones, la desesperación y la prisa por amenaza de tormenta… nunca fueron obstáculo para aquellas personas mañosas, laboriosas e incansables, que al final encontraban su premio en la satisfacción de ver recogida en casa la cosecha para todo un año y así poder alimentar a los suyos. Prácticamente todas las personas mayores de nuestros pueblos fueron de aquellos segadores, y no puedo menos que sentir un profundo respeto y admiración por ellos y por sus historias tan cercanas y a la vez tan ancestrales. Se cuenta en mi familia, que mi bisabuelo, ya muy viejito, cuando a la sombra de la nogal veía pasar a los segadores les aconsejaba: “¡Hala, hijos, hala!, poco a poco y no parar… la barriga a la sombra y el hierro que se ruja, que se ruja”. Esa fue la filosofía de miles de generaciones autosuficientes, que recuerdan con alegría y cariño aquellos tiempos pasados de dolor y sudor, si, pero también de cánticos, de meriendas bajo robles y encinas, de siestas o de “la sopa en vino”, una mezcla de miga de pan, vino y azúcar para animar a media tarde el último tramo de la jornada, que decían que “no emborracha, pero alegra a la muchacha”.
Hablando de eternidades, este artículo se me rebela como eterno y no encuentro fin alguno adecuado; así que le cedo el remate a la poesía, de la delicada mano de María Violeta Gambín Sevilla, en un fragmento de “los segadores”:
¡Madre! Ya vuelven
los hombres, de la siega
regresan, madre.
Sus alforjas cargadas de pan,
vacías de sueños están.

¡Madre! Ya vuelven
los hombres, de la siega
regresan, madre.
Sus rostros enjutos,
cansados parecen,
y sus manos hechas de callos,
descanso merecen.

¡Déles de beber, madre!
agua fresca del pozo,
que remojen sus labios secos
y de agua de lluvia se bañen,
que los hombres de la siega
cansados regresan,
de cortar los trigales
Y una frase para reflexionar: “A dos hombres venero yo en este mundo: al labrador sufrido de mano callosa y nervuda, en la que permanecerá para siempre una real e indeleble majestad puesto que en ella está el cetro de este mundo; y a aquel que trabaja por las imprescindibles necesidades del espíritu, no por el pan cotidiano, sino por el pan de la verdadera vida” (Thomas Carlyle, historiador, crítico social y ensayista, 1795 – 1881)













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Resumen de la fiesta Virgen del Campo, 2014

Dom, 08/31/2014 - 18:39

“Las campanas y el pendón del pueblo son”. El sábado 30 de agosto de 2014 se cumplió esta máxima en torno al Santuario de Nuestra Señora la Virgen del Campo, en el corazón de Vidriales y de manos del pueblo vidrialés de corazón. Tres campanas que no dejaron de voltear desde el mediodía hasta el comienzo de una ceremonia religiosa en honor a todos los pueblos del valle. Y un tímido pendón que inició su andadura desde el paraje El Valle, de San Pedro de la Viña, arropado y nunca mejor dicho, por los pendoneros ya confraternizados y sus pendones venidos de los vecinos valles de la Valduerna, Jamuz, Valdería y Órbigo. En medio de la hermandad, su bautizo: la bendición de bienvenida al blanquiazul que ya ondea con propiedad y garbo, y que con orgullo nos representará donde quiera que vayamos en esta nueva etapa de promoción y recuperación de tradiciones de nuestro Santuario Mariano.
El cielo amaneció parcialmente nublado, a sabiendas de lo que habría de suceder. Viento ligero para desplegar enseñas, algunas centenarias, y emoción al mostrar los nuevos colores: blanco y celeste; en el suelo se ha reflejado el cielo, y en los rostros la felicidad de la gente que auguraban entre nervios lo que ha pasado como día memorable. Para nosotros ha sido difícil, hay que reconocerlo; pero hemos sido sorprendidos por todos los grupos que con disimulada empatía han hecho de la fiesta una verdadera solemnidad, con alegría, colorido, música, baile… y distinción. En señal de gratitud, y para general reconocimiento, estos son:Alija del InfantadoBodeguerosCalzada de la ValderíaCastrocalbónGenestacioQuintana del MarcoJiménez de JamuzLa BañezaPalacios de la ValduernaPobladura del ValleQuintana del MarcoSanta Elena de Jamuzy el estandarte de San Lucas de Carracedo.
Y como no, si de fiesta hablamos, agradecer también el verdadero motor, el motivo que nos ha concentrado este sábado en las inmediaciones de Rosinos de Vidriales: la veneración con todos los honores de nuestra patrona la Virgen del Campo. Comenzó con la tradicional procesión precedida por los pendones, que al finalizar rindieron reverencia como colofón e inicio de la suntuosa misa presidida por el P. José Antonio Nieto Rodríguez, Vicario General de la Congregación de la Sagrada Familia, y concelebrada por quienes ya oficiaron en la novena: el P. Carlos Cristóbal Cano, D. Carlos Fernández García, D. Pedro Centeno Vaquero, D. Vicente Miguélez Miguélez, D. Pedro Aparicio Blanco, D. L. Aurelio Miguélez Martínez, D. Eladio Ferrero Vaquero, D. Felipe Tostón Martínez y D. Gabriel Benavides Ferrero.
No me he olvidado de D. Víctor Murias Borrajo, y de D. Miguel Hernández Rodriguez, porque para ellos es esta especial mención: el primero, actualmente Ecónomo de la Diócesis de Astorga, por ser el promotor, allá en el año 2008, de esta nueva etapa de florecimiento de enraizadas tradiciones; y el segundo y con todo el afecto, como rector del Santuario, por saber ser quien es y ayudarnos a encontrar nuestro lugar, por el ánimo y la ilusión inculcados, y porque no se canse nunca de dirigir o lidiar nuestras batallitas, algunas imprescindibles, otras perdonables.
Vidriales siempre fue tierra amada, no hace falta saber de arqueología o sociabilidad para descubrirlo; me gustaría saber contar mejor para elevar a su lugar y darle la merecida importancia para el valle de esta fiesta. El objetivo es unir a los vidrialeses anfitriones con todos los pueblos invitados como se vieron hace varias décadas en la romería que cada año llenaba las eras de Rosinos. Estrechos lazos nos unen con nuestros vecinos; ojalá, y es deseo de todos recuperarlos. Para quienes trabajan en este precioso proyecto, y como siempre se dijo… que la Virgen se lo pague.
























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Fiesta en el Santuario Virgen del Campo, 2014

Dom, 08/17/2014 - 22:29













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Pito, pito, cirolito...

Mar, 08/12/2014 - 00:09


Postulaba un estimado amigo, de cuyas charlas suelo acordarme, que lo que más nos diferenciaba como personas no es el color de la piel, ideas, creencias, gustos u otros rasgos superficiales; lo que más nos hace distintos y también lo que más nos une es el habla, el lenguaje; la educación y vocalización de los sonidos que nos desarrollan como sociedad. Según la revista Muy Interesante, pudiera haber entre 3.000 y 5.000 lenguas distintas; otras fuentes, como The Ethnologue: Languages of the World, sube la cifra a 6.909 en el año 2.009, aunque se calculan “solamente” unas 600 que cuentan con más de 100.000 hablantes. Se dice que el “español” está en cuarto puesto, tras el chino, el inglés, y el hindi. Las comillas son por el problema que supone definir “español”, y supongo que con otros grandes idiomas también suceda, que si por ejemplo un mejicano habla su español con un onubense, tendrán el mismo idioma pero seguro que les costará entenderse hasta en las cosas sencillas y mundanas. Son cosas de acentos y dialectos, de cambios de nombre para las mismas acciones u objetos, de herencias lingüísticas ancestrales que complican el básico entendimiento, aunque también en ese galimatías está la riqueza de la lengua.
“Eso no se dice”, es sentencia de muchos cuando oyen palabras nuevas o distintas, sin pararse a pensar la cantidad de personas que se expresan de esa forma, y así lo han hecho desde tiempos inmemoriales: son palabras transmitidas oralmente, con adaptaciones y cambios propios del uso y mezcla de distintas generaciones. Todas me parecen válidas, aunque no figuren en ningún diccionario; razón de más para preocuparnos por su posible desaparición. Los académicos de la RAE, desatinadamente según mi opinión, se fijan más e incluyen los nuevos hablares de la calle mezclas de otros idiomas que las propias de viejas lenguas, verdaderas cunas de nuestro “español”.
Menos mal que siempre quedan enamorados de su tierra y costumbres para recoger y perpetuar con un libro la forma de hablar de sus vecinos, que puede ser notablemente distinta como he dicho, en unos kilómetros a la redonda. De cerca me queda mi querida Valdería y su peculiar español o leonés, o quizás deberíamos decir “valderiense” para poder concretar el contenido del trabajo publicado por Isidora Rivas Turrado, Voces del Éria, indispensable para cuantos apreciamos y disfrutamos del valle que riega este río de origen leonés que regala sus aguas al Órbigo en la zona zamorana de Benavente y los Valles. Un libro con forma de diccionario al que seguramente le faltan muchas palabras, pero no ilusión por impedir que el olvido arrastre ya a las recogidas hacia su oscuro cubil. Por eso el encanto de los ejemplos en el propio dialecto detrás de las definiciones, para encajar cada acepción en su contexto. Casi todas nos llevan en volandas a los recónditos rincones de la memoria, y nos traen nostálgicas estampas de un pasado, por qué no, feliz. Leer algunas palabras en sus frases invita a revivir momentos junto a personas queridas ya desaparecidas, es recrearse en perdidos sabores y olores, es detener el tiempo o incluso retroceder hacia viejos usos y costumbres.
Isidora comenzó a recoger palabras de una forma auténticamente leonesa, y con esa misma expresión: “A peto”. Ella misma la define como “a propósito, con deliberada intención, ex profeso, adrede, expresamente”, y nos lo adorna en la frase “vino a peto al mercao, a La Bañeza, por unas galochas…”. Ciertamente enérgico, de lujo, el comienzo. Junto a las palabras, incluye algunas frases hechas, contracciones, topónimos, nombres de útiles, de juegos, de medidas, de costumbres sociales o curiosas marcas para reconocer el ganado. Y como introducción añade varios de aquellos inclasificables versos, algunos carentes de sentido, con los que jugamos, cantamos, rezamos o simplemente repetimos, aprendidos hartos de oírlos y otros, gracias Isidora, volvemos a recordar de labios de quien bien nos quería y preocupaba de aportarnos entretenimiento y diversión. Una introducción breve, pero grata y generosamente ampliada en su segundo libro: “Pito, pito, cirolito” y sus “decires de memoria”. Los versos de siempre para que nunca se nos olviden. Dos libros indispensables para consultar y disfrutar, máxime por quienes vivimos aquellos ambientes que parecen tan lejanos y solo están en los albores de nuestra niñez.
Cuando lo oral se vuelve escrito, con sentimiento, un libro se vuelve mágico. Cuando además habla del terruño…
P.D.- Isidora Rivas Turrado nació en San Félix de la Valdería, y es licenciada en filología hispánica y filología francesa.



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El Pendón de Vidriales

Jue, 07/31/2014 - 00:42

Aun no pudiendo describir con claridad lo que siento al ver, o mejor, al participar en un desfile de pendones; si solamente tuviera licencia de una palabra para relatar ese hermanamiento de pueblos, esa sería sin dudar ORGULLO, bien entendido como “satisfacción personal que se experimenta por algo propio o relativo a uno mismo y que se considera valioso” (Diccionario WordReference.com). Poco importa si un día fueron estandartes de guerra, o distintivos de caballeros, si fueron perdidos y recuperados, regalados o comprados; los porteadores y sus acompañantes lucen orgullosos sus pendones entre músicas y bailes, con valentía y distinción, como si las majestuosas insignias ondeadas por el viento representaran mejor que nada todo el acervo de un pueblo, su mejor legado. Alegría y fiesta, compañerismo, tradición. Equilibrio físico y espiritual por mantener en vertical y hacia adelante una pesada y delicada carga: una vez que tu grueso cinturón de cuero se engancha a ella te atrae para siempre; de todo esto he sido testigo este pasado domingo en la última concentración, en la V Fiesta de las Comarcas Bañezanas de La Bañeza.
Otro escenario, vidrialés por excelencia: el Santuario de la Virgen del Campo. Allí, desde tiempos inmemoriales, un pendón se enarbolaba destacando con elegancia en las procesiones de las romerías hasta 1987, año que por descuido la vara se partió y un tiempo más tarde el paño acabó deteriorándose en algún húmedo cajón. Del mismo modo, por dejadez, el templo fue cerrado al público y se hicieron cosas, para juicio de muchos, nada aceptables. Ha sido y es obligación de y para los vidrialeses recuperar el Santuario de su Patrona, restaurar el edificio y sus retablos, iluminarlo, sonorizarlo, y disfrutar de su veneración y fiesta. Y ha sido y está siendo realidad la recuperación y puesta en marcha de un nuevo pendón, copia del antiguo, para continuar con mayor fidelidad la tradición. Una vieja copla vidrialesa le cantaba, también con orgullo:
Vidriales de mis amores,bandera de mi nación;que hasta el cielo dibujatus dos colores el sol.
Son los dos colores del pendón, los que representan a la Virgen María: el azul celeste, ese precioso color del cielo que vemos en un día despejado en dirección norte (sin contaminación), y el indescriptible blanco puro y algodonoso de las nubes o el misterioso brillante de la luna. Con su vara de 9 metros, con cruz parroquial por tradición religiosa de encabezamiento de procesiones, y ramo de flores por su ancestral sentido céltico, saldrá por primera vez el 30 de agosto para saludar de nuevo a su tierra y sus gentes, al sol, al viento, al cielo, a las nubes y a la Patrona del valle, a la que se debe. Se verá acompañado, o al menos lo estamos proponiendo, por los pendones de las localidades cercanas en desfile desde San Pedro de la Viña. Ese será el resurgir de sus cenizas.
En La Bañeza, cosas de salir y moverse, tomé contacto con José Antonio Ordóñez, de la asociación Pendoneros de León, quien me contó una cosa extraordinaria: ha tenido acceso a dos documentos del año 1601 en los que se detallan características del pendón del Santuario de la Virgen del Campo, uno es un contrato con dos mayordomos de Rosinos, y el otro una tasación. El Santuario se terminó de construir hacia el año 1767, lo que significa que el pendón ya era reliquia de un anterior templo cristiano, quizás una ermita enclavada en el mismo lugar, donde dicen que anteriormente también hubo una mezquita y mucho antes un templo a alguna deidad romana. Y es que algo tiene el lugar de especial, para que tantas culturas fijaran la vista y dejaran aquí sus huellas, y haya sido elegido como centro de encuentro en antiguas romerías y para las nuevas celebraciones.
La fotografía del encabezamiento de éste artículo, con la torre del Santuario a la izquierda, es de los primeros vientos del pendón sin terminar de coser y sin los remates. Tal era nuestra ilusión por verlo ondear que no resistimos la tentación de contemplar el estandarte que vamos a exhibir y divulgar por la contorna, la enseña de unos antepasados a los que debemos honor y honra, es la marca propia vidrialesa, es… el Pendón de Vidriales.

























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El ocaso de los pueblos

Dom, 07/13/2014 - 23:53

Es evidente mi pasión por la historia, especialmente por los tiempos pasados de nuestra comarca, lo ocurrido para llegar donde hemos llegado y comprender quienes somos para pensar lo que podemos llegar a ser. Decía Abraham Lincoln: "Si pudiéramos saber primero en donde estamos y a donde nos dirigimos, podríamos juzgar mejor qué hacer y como hacerlo”. Me parece inestimable la ayuda que nos ofrece Google, tanto en la digitalización de libros antiguos como en la divulgación y mantenimiento gratuito de este y otros blogs preocupados por el tema. “El conocimiento os hará libres”, decía Sócrates; pues sea, vamos a conocer por esa ansiada libertad desde las primeras referencias escritas que he encontrado sobre censos y cuentas de vecinos de nuestro pueblo, hasta el último censo del pasado mayo; un repaso de historia y sobre todo de gentes.
Comenzamos por un primer libro encontrado, que recoge el censo de población de la Corona de Castilla en el siglo XVI, con datos extraídos del Real Archivo de Simancas por el capellán Tomás González. Hay dos censos, uno de vecinos pecheros (personas obligadas a pagar tributo, no el verdadero número de habitantes o “almas”) en el año 1594, en el que el pueblo de “Ayo” (atención a los nombres)  hay 118 vecinos, y en “Congosto” (Congosta) y Carracedo 75. Un segundo censo es del Obispado de Astorga del año 1587 a través del Arciprestazgo de “Valdevidriales”, que tiene inscrita una pila bautismal y 101 vecinos en “Ayó”, en Carracedo 1 pila y 20 vecinos y en Congosta 1 pila y 29 vecinos; se desconocen cuantas “almas”, aunque un promedio aceptable parece ser el de cuatro por vecino. Me parece un libro interesante, que incluye la “provincia de las tierras del Conde de Benavente”, con nada menos que 60 pueblos, incluidos Benavente, Cubo (de Benavente) y “Fuencalada” (Fuente Encalada). Ayoó y sus anejos Carracedo y Congosta, San Pedro de la Viña y Molezuelas vienen en la relación de la provincia de Zamora, en Tierra de Alcañices.Un segundo libro, el Diccionario Geográfico-estadístico de España y Portugal, escrito por Sebastián Miñano y Bedoya, publicado en 1826, nos habla de un Ayoó de la provincia de León ¿?, con 70 vecinos, 269 habitantes, y recalca sus muchas fuentes y sus tejados de urces. Recoge la parroquia del Salvador, la ermita de San Mamés, y un almacén… ¿la Lóndiga?Tercer libro, el Diccionario Geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, de Pascual Madoz, publicado en 1847. Mucho más extenso, habla de 62 casas, el ayuntamiento, y un total de 56 vecinos, 221 habitantes.31 años más tarde, en 1878, conocemos el telegrama publicado en La Iberia sobre el famoso incendio de Ayoó, donde se dice que se quemaron 44 casas, de ellas habitadas 33. Por mucho que el pueblo creciera en tres décadas, con estos datos nos podemos hacer una idea mejor de la magnitud de la desgracia; hoy hubiese sido declarado siniestro total.Llegamos al cuarto libro, publicado en el año 1967, quizás el mejor estudio hecho hasta el momento de Zamora: agronomía, geología, clima, ganadería, y un largo y valioso etcétera de información; a ella nos remontamos para conocer los censos en el, seguramente, momento de mayor actividad de nuestros pueblos. La población está registrada por ayuntamientos y por propietarios; en el de Ayoó, con 2 pueblos, había 1.223 habitantes con 42.327 parcelas para 942 propietarios. De ellos solo 2 tenían tractor, el señor Ismael Ferreras y el señor Lorenzo Alonso; juntos sumaban 90 CV. La densidad ganadera es espectacular: había censadas 475 vacas, 471 cerdos, 1.851 ovejas, 680 cabras, 133 caballos y yeguas, 21 burros y burras y 11 mulas o machos, lo que hacen un total de 3.642 cabezas de ganado, y nunca se censó el total real. Todo para 60,04 Km.², la mayor extensión de la zona Benavente y los Valles, y el número 38 de la provincia.
Según el censo electoral de las recientes elecciones de mayo, el ayuntamiento actualmente cuenta con 344 votantes, o sea, personas censadas de más de 18 años. De menos los contamos con los dedos de una mano, así que el total no llega a los 350 habitantes para los tres pueblos. La parte buena está en el derroche de tranquilidad y, en contra de lo que muchos piensan, bienestar; el día a día es lo sano y apacible en sumo grado. La parte mala está en que solamente en Ayoó más de 70 ancianos cuentan con más de 80 años, y no lo digo por que la población envejecida sea un problema, si no porque ya parece que las campanas de la iglesia no dejan de encordar. Que lejos quedan las décadas 60 y 70, en la que solamente mozos, varones solteros de más de 14 o 15 años, se llegaron a contabilizar más de 100. Por otra parte el monte avanza, y con él sus criaturas, que arrasan los cada vez menores bienes agrícolas. En la lucha humano-naturaleza poco podemos hacer ante una rival tan constante y obstinada por el libre albedrío; ha venido para quedarse, exigir lo que es suyo y recordarnos las consecuencias anunciadas del abandono progresivo. El tiempo es un juez tan sabio que no sentencia de inmediato, pero al final da la razón a quien la tiene, pone cada cosa en su lugar y pasa cada factura a su pagador. Esta es nuestra cuenta pendiente: se me antoja que está llegando, lenta e inexorablemente y de una forma marchita, el ocaso de los pueblos.


















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Al carro de vacas.

Dom, 06/22/2014 - 20:00

Seguramente el gran invento de la rueda no hubiera sido tal, si alguien no hubiera tenido la genialidad de unirla a otra mediante un eje, sujetar encima un tablero y adiestrar animales de tiro para tan sencillo vehículo: había nacido el carro, y durante varios milenios movería la humanidad. El elemento más usado en su construcción es la madera, por su ligereza, disponibilidad y facilidad de reparación. Solamente las partes con mucha fricción, como ejes y llantas, y sistemas de sujeción como abrazaderas y tornillos se usaría el acero. Para fabricar un carro, herreros y carpinteros sincronizaban sus conocimientos para, como veremos, lograr la perfección dentro de la humildad.
Es reciente la desaparición de los carros de nuestras calles, y me refiero, naturalmente, a las de nuestros pueblos y sus típicos carros de vacas. Es casi a finales del pasado siglo cuando los tractores relegaron a las nobles vacas de tiro a meras productoras de carne o leche, y sus robustos carros terminaron aparcados en los arrabales porque grandes carros o remolques metálicos con llantas de goma impusieron su ley del más fuerte, aunque todavía se puede ver algún híbrido de antiguo carro y modernas ruedas corretear tras algún tractor para llevar pequeñas cargas. Hoy me gustaría publicar, para la memoria colectiva, una detallada descripción de ese carro que tantas veces usé o vi usar en tan variadas situaciones, vestido o desnudo para adaptarlo a la tarea a realizar.En primer lugar decir que, y sigo refiriéndome a nuestra comarca, los carros no se construyeron en fábricas, con sus cadenas de montajes y personal especializado; fueron generalmente jóvenes artesanos que heredaron conocimiento y práctica de forma verbal de otros viejos artesanos los que a su vez recibieron los secretos de sus mayores. El resultado fueron vehículos únicos y personalizados, pequeñas obras maestras con enormes resultados: sin prisa, pero sin pausa, acarrear fue preocupación y necesidad de varias generaciones y culturas.Para describir sus partes, nada como comenzar por su proceso de construcción, el que me contara uno de los últimos artesanos, mi propio padre.
El carro se comienza a fabricar por su centro, con el corazón de un árbol en serio peligro de extinción: el negrillo, llamado también olmo o álamo negro. No fue el carro la causa de su desaparición; es un escarabajo, el que inocentemente infecta los árboles con las esporas de un hongo, el verdadero Talón de Aquiles de este frondoso árbol; en pocos años ha sucumbido en casi toda su totalidad ante nuestra inexplicable indiferencia. Esta madera es dura, flexible y correosa, y configurará la carrocería: la caja del carro, el soporte del eje, y el timón que irá amarrado al yugo de las vacas, de nombre “ bracera”, y con ella comienzo por las partes del carro según se llamaron en nuestra comarca, aunque seguramente no sea como en otras. Con una sierra de cinta, generalmente manual, se divide en dos el madero de negrillo hasta algo más de un tercio de su longitud. Allí se ajustará una abrazadera de hierro para evitar que se abra más y luego a agua y fuego, y sudor, una cuña golpeada con la maza separará las dos mitades y se dará forma hasta el tamaño estimado para la “caja”, limitada en largura por dos piezas también de negrillo con agujeros en sus extremos. Son los “borbijones”, y el espacio cuadrangular que forman será cubierto con un grueso tablero fijo, el “tablao”, y en los agujeros irán introducidas las “costanas”, tableros laterales desmontables que facilitan el transporte de distintas cargas. La “bracera” va apoyada en el suelo en una pieza transversal, el “peón” o “pión”, y acaba en el primer “borbijón” con un hueco triangular, la “traguadera”, muy útil para llevar encajada una “talega” con la merienda o con cosas delicadas. El “peón” tiene además la misión de hacer tope sobre el yugo, al que va unido con una gruesa correa de cuero terminada en lazo: es el “sobeo”. Para evitar que se derrame por delante y por detrás la carga, las “costanas” tienen unos agujeros por los que se atraviesa un palo redondo, y se cierra con unas piezas flexibles compuestas por multitud de finas varillas unidas, o mejor trenzadas con cuerdas, los “cañizos”. También hay “cañizos” rígidos, de varias tablas unidas, en el delantero se solía pintar un paisaje como adorno. En medio de la caja del carro, por debajo, un grueso eje de hierro se sujetaba con abrazaderas y largos tornillos, y en él, con arandela y pasador o “cabija”, irán las que para mi son las piezas estrella, las ruedas. Desde dentro hacia afuera, la rueda comienza en una gruesa pieza cónica de hierro que gira sobre el eje, el “buje”. Éste va ajustado en una pieza de madera torneada de la que parten los “radios”: la “calabaza”. Los “radios” terminan en varias piezas con la forma circular, las “pinazas” y perfectamente ajustado sobre ellas el “aro”, también de hierro. Pudiera parecer fácil, y sin embargo las distintas piezas de la rueda van encajadas sin tornillería, simplemente a presión. Para ello se mezclan distintas técnicas, aparte de la extrema precisión en la carpintería. La “calabaza” se hierve en agua, y en los “radios” y en los huecos donde irán encajados se labra algo parecido a las puntas de arpón o agallas. Finalmente se hace una hoguera circular para calentar el “aro” al rojo e introducirlo dilatado y ajustado en su sitio, y después enfriarlo rápidamente con agua. Al final, la presión y el secado de la madera garantizan la rueda en condiciones extremas: vibración, frío o calor, humedad o sequía, barro, etc. Debajo de la “bracera”, un palo cilíndrico de la misma altura que el eje, articulado con hembrillas, permite mantener horizontal el carro sin las vacas, o también aliviarle el peso; es el “tentemozo”, y algunos artesanos colocaban otro similar en la parte trasera para evitar que se “empique”, o bascule. Otro accesorio muy útil es el “gato”, aparato simple de dos piezas para elevar el carro de su parte trasera y “untar” las ruedas, o sea, engrasarlas con aceite “quemada”, o mejor, con finas lonchas de tocino. “Chapas de rodaje”,  “matrículas”, o tablas con el nombre del pueblo eran formas ineludibles de recaudación de impuestos, que circular casi nunca ha sido gratuito.
Como la oruga que despliega sus alas de mariposa, en el carro se sustituyen las pequeñas “costanas” por las grandes “pernillas”, unos bastidores terminados en afiladas puntas: ha llegado el verano y hay que “acarriar”. Los manojos se colocan estratégicamente enlazados para transportar gran volumen, que no peso, hasta las “eras”. Cuando los brazos de los cargadores queden cortos, se elevarán con el “forcón”, largo palo terminado en dos pinchos de hierro. Y al terminar de “trillar” y amontonar la paja, sobre las “pernillas” se sujetará unas redes llamadas “armaduras”, con una pequeña bolsa delantera y otra enorme trasera que cuando se llena de paja parece que el carro está embarazado. El destino es el pajar, y el aprovisionamiento para todo un largo año. El ir y venir de los carros siempre se me antojó como un gran hormiguero que hoy miro con nostalgia y aprobación.
El carro del reportaje lo encontré en Fuente Encalada, recogido en un antiguo portal. Amablemente el dueño me lo cedió para limpiarlo y hacerle fotos, y el lugar elegido fue ante otra joya rural: la casa vieja de Aureliano y Adelina. Una casa centenaria, vidrialesa tradicional, en la que llevan viviendo más de 50 años. Trepando a su corredor, ofrece sus deliciosas uvas blancas una enorme parra, de variedad “Arbillo”, que maduran entre “Santiago y Nuestra Señora” (25 de julio – 15 agosto). Incalculable es la edad de esta planta, examinando su deformado tronco; me dice Aureliano que siempre la vio así, “cocosa como está”. Él compró la casa, que algún día fue del cura párroco, Don Manuel, venido del Bierzo leonés como muchos ascendentes vidrialeses; ya he mencionado este hecho en otros artículos: de ahí pueblos con nombre Bercianos, Carracedo, o la historia del monasterio de Ageo de Ayoó. Don Manuel Rodríguez tomó posesión de la parroquia en 1829, y con él vino un hermano que luego se casó con una vidrialesa y tuvo una amplia familia. Carro, casa y parra forman un conjunto maravilloso, atemporal… y fotogénico.
Una vez alguien dijo: “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo” (Arquímedes, s. II a.c.). Yo diría: “Dadme un carro y también moveré el mundo”. No hay más que ver los millones de toneladas de tierra, piedras, maderas o prefabricados que han sido necesarios en la construcción de nuestros edificios, o caminos y puentes que los unen hasta la llegada del recién nacido camión. Me he excedido en el tamaño del artículo pero es que no he podido parar. Y queda tanto por contar…, como la práctica de “a coyunta” en los años ruinosos que hubo que vender una vaca de la pareja y compartir la otra con un vecino en la misma situación, como la clásica broma juvenil de “correr el carro” por las calles con el consiguiente cabreo del propietario, como los viajes tan lejanos como eternos a La Bañeza o Benavente al mercado o a comprar lo necesario…. Con el carro el tiempo siempre fue más lento, de eso no hay duda. En nuestros pueblos, las “carreterías” o “carrunias” dieron el primer empujón al ilusionado vecino que quería levantar su casa. Eran tiempos del “uno para todos y todos para uno”, verdadero derroche de amistad, desinterés, y por supuesto esfuerzo en torno al sencillo carro. Un vehículo que forma parte de la historia de la humanidad, ya los antiguos astrónomos lo elevaron a los cielos en la forma del famoso asterismo de la Osa Mayor, visible todo el año en nuestras latitudes; esa fue su forma de perpetuar su hermandad con el hombre. Manuel, el propietario del carro de las fotos, le decía con cariño: “¡Hay carrico, cuanto rodas y cuanto te gastas”. La moraleja está en que el bueno de Manuel se fue hace muchos años, y el carro quedó prácticamente nuevo; yo desearía que, en honor de ambos, para toda la eternidad.



















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