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El Ti Joaquin

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Actualizado: hace 2 horas 22 mins

El ocaso de los pueblos

Dom, 07/13/2014 - 23:53

Es evidente mi pasión por la historia, especialmente por los tiempos pasados de nuestra comarca, lo ocurrido para llegar donde hemos llegado y comprender quienes somos para pensar lo que podemos llegar a ser. Decía Abraham Lincoln: "Si pudiéramos saber primero en donde estamos y a donde nos dirigimos, podríamos juzgar mejor qué hacer y como hacerlo”. Me parece inestimable la ayuda que nos ofrece Google, tanto en la digitalización de libros antiguos como en la divulgación y mantenimiento gratuito de este y otros blogs preocupados por el tema. “El conocimiento os hará libres”, decía Sócrates; pues sea, vamos a conocer por esa ansiada libertad desde las primeras referencias escritas que he encontrado sobre censos y cuentas de vecinos de nuestro pueblo, hasta el último censo del pasado mayo; un repaso de historia y sobre todo de gentes.
Comenzamos por un primer libro encontrado, que recoge el censo de población de la Corona de Castilla en el siglo XVI, con datos extraídos del Real Archivo de Simancas por el capellán Tomás González. Hay dos censos, uno de vecinos pecheros (personas obligadas a pagar tributo, no el verdadero número de habitantes o “almas”) en el año 1594, en el que el pueblo de “Ayo” (atención a los nombres)  hay 118 vecinos, y en “Congosto” (Congosta) y Carracedo 75. Un segundo censo es del Obispado de Astorga del año 1587 a través del Arciprestazgo de “Valdevidriales”, que tiene inscrita una pila bautismal y 101 vecinos en “Ayó”, en Carracedo 1 pila y 20 vecinos y en Congosta 1 pila y 29 vecinos; se desconocen cuantas “almas”, aunque un promedio aceptable parece ser el de cuatro por vecino. Me parece un libro interesante, que incluye la “provincia de las tierras del Conde de Benavente”, con nada menos que 60 pueblos, incluidos Benavente, Cubo (de Benavente) y “Fuencalada” (Fuente Encalada). Ayoó y sus anejos Carracedo y Congosta, San Pedro de la Viña y Molezuelas vienen en la relación de la provincia de Zamora, en Tierra de Alcañices.Un segundo libro, el Diccionario Geográfico-estadístico de España y Portugal, escrito por Sebastián Miñano y Bedoya, publicado en 1826, nos habla de un Ayoó de la provincia de León ¿?, con 70 vecinos, 269 habitantes, y recalca sus muchas fuentes y sus tejados de urces. Recoge la parroquia del Salvador, la ermita de San Mamés, y un almacén… ¿la Lóndiga?Tercer libro, el Diccionario Geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, de Pascual Madoz, publicado en 1847. Mucho más extenso, habla de 62 casas, el ayuntamiento, y un total de 56 vecinos, 221 habitantes.31 años más tarde, en 1878, conocemos el telegrama publicado en La Iberia sobre el famoso incendio de Ayoó, donde se dice que se quemaron 44 casas, de ellas habitadas 33. Por mucho que el pueblo creciera en tres décadas, con estos datos nos podemos hacer una idea mejor de la magnitud de la desgracia; hoy hubiese sido declarado siniestro total.Llegamos al cuarto libro, publicado en el año 1967, quizás el mejor estudio hecho hasta el momento de Zamora: agronomía, geología, clima, ganadería, y un largo y valioso etcétera de información; a ella nos remontamos para conocer los censos en el, seguramente, momento de mayor actividad de nuestros pueblos. La población está registrada por ayuntamientos y por propietarios; en el de Ayoó, con 2 pueblos, había 1.223 habitantes con 42.327 parcelas para 942 propietarios. De ellos solo 2 tenían tractor, el señor Ismael Ferreras y el señor Lorenzo Alonso; juntos sumaban 90 CV. La densidad ganadera es espectacular: había censadas 475 vacas, 471 cerdos, 1.851 ovejas, 680 cabras, 133 caballos y yeguas, 21 burros y burras y 11 mulas o machos, lo que hacen un total de 3.642 cabezas de ganado, y nunca se censó el total real. Todo para 60,04 Km.², la mayor extensión de la zona Benavente y los Valles, y el número 38 de la provincia.
Según el censo electoral de las recientes elecciones de mayo, el ayuntamiento actualmente cuenta con 344 votantes, o sea, personas censadas de más de 18 años. De menos los contamos con los dedos de una mano, así que el total no llega a los 350 habitantes para los tres pueblos. La parte buena está en el derroche de tranquilidad y, en contra de lo que muchos piensan, bienestar; el día a día es lo sano y apacible en sumo grado. La parte mala está en que solamente en Ayoó más de 70 ancianos cuentan con más de 80 años, y no lo digo por que la población envejecida sea un problema, si no porque ya parece que las campanas de la iglesia no dejan de encordar. Que lejos quedan las décadas 60 y 70, en la que solamente mozos, varones solteros de más de 14 o 15 años, se llegaron a contabilizar más de 100. Por otra parte el monte avanza, y con él sus criaturas, que arrasan los cada vez menores bienes agrícolas. En la lucha humano-naturaleza poco podemos hacer ante una rival tan constante y obstinada por el libre albedrío; ha venido para quedarse, exigir lo que es suyo y recordarnos las consecuencias anunciadas del abandono progresivo. El tiempo es un juez tan sabio que no sentencia de inmediato, pero al final da la razón a quien la tiene, pone cada cosa en su lugar y pasa cada factura a su pagador. Esta es nuestra cuenta pendiente: se me antoja que está llegando, lenta e inexorablemente y de una forma marchita, el ocaso de los pueblos.


















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Al carro de vacas.

Dom, 06/22/2014 - 20:00

Seguramente el gran invento de la rueda no hubiera sido tal, si alguien no hubiera tenido la genialidad de unirla a otra mediante un eje, sujetar encima un tablero y adiestrar animales de tiro para tan sencillo vehículo: había nacido el carro, y durante varios milenios movería la humanidad. El elemento más usado en su construcción es la madera, por su ligereza, disponibilidad y facilidad de reparación. Solamente las partes con mucha fricción, como ejes y llantas, y sistemas de sujeción como abrazaderas y tornillos se usaría el acero. Para fabricar un carro, herreros y carpinteros sincronizaban sus conocimientos para, como veremos, lograr la perfección dentro de la humildad.
Es reciente la desaparición de los carros de nuestras calles, y me refiero, naturalmente, a las de nuestros pueblos y sus típicos carros de vacas. Es casi a finales del pasado siglo cuando los tractores relegaron a las nobles vacas de tiro a meras productoras de carne o leche, y sus robustos carros terminaron aparcados en los arrabales porque grandes carros o remolques metálicos con llantas de goma impusieron su ley del más fuerte, aunque todavía se puede ver algún híbrido de antiguo carro y modernas ruedas corretear tras algún tractor para llevar pequeñas cargas. Hoy me gustaría publicar, para la memoria colectiva, una detallada descripción de ese carro que tantas veces usé o vi usar en tan variadas situaciones, vestido o desnudo para adaptarlo a la tarea a realizar.En primer lugar decir que, y sigo refiriéndome a nuestra comarca, los carros no se construyeron en fábricas, con sus cadenas de montajes y personal especializado; fueron generalmente jóvenes artesanos que heredaron conocimiento y práctica de forma verbal de otros viejos artesanos los que a su vez recibieron los secretos de sus mayores. El resultado fueron vehículos únicos y personalizados, pequeñas obras maestras con enormes resultados: sin prisa, pero sin pausa, acarrear fue preocupación y necesidad de varias generaciones y culturas.Para describir sus partes, nada como comenzar por su proceso de construcción, el que me contara uno de los últimos artesanos, mi propio padre.
El carro se comienza a fabricar por su centro, con el corazón de un árbol en serio peligro de extinción: el negrillo, llamado también olmo o álamo negro. No fue el carro la causa de su desaparición; es un escarabajo, el que inocentemente infecta los árboles con las esporas de un hongo, el verdadero Talón de Aquiles de este frondoso árbol; en pocos años ha sucumbido en casi toda su totalidad ante nuestra inexplicable indiferencia. Esta madera es dura, flexible y correosa, y configurará la carrocería: la caja del carro, el soporte del eje, y el timón que irá amarrado al yugo de las vacas, de nombre “ bracera”, y con ella comienzo por las partes del carro según se llamaron en nuestra comarca, aunque seguramente no sea como en otras. Con una sierra de cinta, generalmente manual, se divide en dos el madero de negrillo hasta algo más de un tercio de su longitud. Allí se ajustará una abrazadera de hierro para evitar que se abra más y luego a agua y fuego, y sudor, una cuña golpeada con la maza separará las dos mitades y se dará forma hasta el tamaño estimado para la “caja”, limitada en largura por dos piezas también de negrillo con agujeros en sus extremos. Son los “borbijones”, y el espacio cuadrangular que forman será cubierto con un grueso tablero fijo, el “tablao”, y en los agujeros irán introducidas las “costanas”, tableros laterales desmontables que facilitan el transporte de distintas cargas. La “bracera” va apoyada en el suelo en una pieza transversal, el “peón” o “pión”, y acaba en el primer “borbijón” con un hueco triangular, la “traguadera”, muy útil para llevar encajada una “talega” con la merienda o con cosas delicadas. El “peón” tiene además la misión de hacer tope sobre el yugo, al que va unido con una gruesa correa de cuero terminada en lazo: es el “sobeo”. Para evitar que se derrame por delante y por detrás la carga, las “costanas” tienen unos agujeros por los que se atraviesa un palo redondo, y se cierra con unas piezas flexibles compuestas por multitud de finas varillas unidas, o mejor trenzadas con cuerdas, los “cañizos”. También hay “cañizos” rígidos, de varias tablas unidas, en el delantero se solía pintar un paisaje como adorno. En medio de la caja del carro, por debajo, un grueso eje de hierro se sujetaba con abrazaderas y largos tornillos, y en él, con arandela y pasador o “cabija”, irán las que para mi son las piezas estrella, las ruedas. Desde dentro hacia afuera, la rueda comienza en una gruesa pieza cónica de hierro que gira sobre el eje, el “buje”. Éste va ajustado en una pieza de madera torneada de la que parten los “radios”: la “calabaza”. Los “radios” terminan en varias piezas con la forma circular, las “pinazas” y perfectamente ajustado sobre ellas el “aro”, también de hierro. Pudiera parecer fácil, y sin embargo las distintas piezas de la rueda van encajadas sin tornillería, simplemente a presión. Para ello se mezclan distintas técnicas, aparte de la extrema precisión en la carpintería. La “calabaza” se hierve en agua, y en los “radios” y en los huecos donde irán encajados se labra algo parecido a las puntas de arpón o agallas. Finalmente se hace una hoguera circular para calentar el “aro” al rojo e introducirlo dilatado y ajustado en su sitio, y después enfriarlo rápidamente con agua. Al final, la presión y el secado de la madera garantizan la rueda en condiciones extremas: vibración, frío o calor, humedad o sequía, barro, etc. Debajo de la “bracera”, un palo cilíndrico de la misma altura que el eje, articulado con hembrillas, permite mantener horizontal el carro sin las vacas, o también aliviarle el peso; es el “tentemozo”, y algunos artesanos colocaban otro similar en la parte trasera para evitar que se “empique”, o bascule. Otro accesorio muy útil es el “gato”, aparato simple de dos piezas para elevar el carro de su parte trasera y “untar” las ruedas, o sea, engrasarlas con aceite “quemada”, o mejor, con finas lonchas de tocino. “Chapas de rodaje”,  “matrículas”, o tablas con el nombre del pueblo eran formas ineludibles de recaudación de impuestos, que circular casi nunca ha sido gratuito.
Como la oruga que despliega sus alas de mariposa, en el carro se sustituyen las pequeñas “costanas” por las grandes “pernillas”, unos bastidores terminados en afiladas puntas: ha llegado el verano y hay que “acarriar”. Los manojos se colocan estratégicamente enlazados para transportar gran volumen, que no peso, hasta las “eras”. Cuando los brazos de los cargadores queden cortos, se elevarán con el “forcón”, largo palo terminado en dos pinchos de hierro. Y al terminar de “trillar” y amontonar la paja, sobre las “pernillas” se sujetará unas redes llamadas “armaduras”, con una pequeña bolsa delantera y otra enorme trasera que cuando se llena de paja parece que el carro está embarazado. El destino es el pajar, y el aprovisionamiento para todo un largo año. El ir y venir de los carros siempre se me antojó como un gran hormiguero que hoy miro con nostalgia y aprobación.
El carro del reportaje lo encontré en Fuente Encalada, recogido en un antiguo portal. Amablemente el dueño me lo cedió para limpiarlo y hacerle fotos, y el lugar elegido fue ante otra joya rural: la casa vieja de Aureliano y Adelina. Una casa centenaria, vidrialesa tradicional, en la que llevan viviendo más de 50 años. Trepando a su corredor, ofrece sus deliciosas uvas blancas una enorme parra, de variedad “Arbillo”, que maduran entre “Santiago y Nuestra Señora” (25 de julio – 15 agosto). Incalculable es la edad de esta planta, examinando su deformado tronco; me dice Aureliano que siempre la vio así, “cocosa como está”. Él compró la casa, que algún día fue del cura párroco, Don Manuel, venido del Bierzo leonés como muchos ascendentes vidrialeses; ya he mencionado este hecho en otros artículos: de ahí pueblos con nombre Bercianos, Carracedo, o la historia del monasterio de Ageo de Ayoó. Don Manuel Rodríguez tomó posesión de la parroquia en 1829, y con él vino un hermano que luego se casó con una vidrialesa y tuvo una amplia familia. Carro, casa y parra forman un conjunto maravilloso, atemporal… y fotogénico.
Una vez alguien dijo: “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo” (Arquímedes, s. II a.c.). Yo diría: “Dadme un carro y también moveré el mundo”. No hay más que ver los millones de toneladas de tierra, piedras, maderas o prefabricados que han sido necesarios en la construcción de nuestros edificios, o caminos y puentes que los unen hasta la llegada del recién nacido camión. Me he excedido en el tamaño del artículo pero es que no he podido parar. Y queda tanto por contar…, como la práctica de “a coyunta” en los años ruinosos que hubo que vender una vaca de la pareja y compartir la otra con un vecino en la misma situación, como la clásica broma juvenil de “correr el carro” por las calles con el consiguiente cabreo del propietario, como los viajes tan lejanos como eternos a La Bañeza o Benavente al mercado o a comprar lo necesario…. Con el carro el tiempo siempre fue más lento, de eso no hay duda. En nuestros pueblos, las “carreterías” o “carrunias” dieron el primer empujón al ilusionado vecino que quería levantar su casa. Eran tiempos del “uno para todos y todos para uno”, verdadero derroche de amistad, desinterés, y por supuesto esfuerzo en torno al sencillo carro. Un vehículo que forma parte de la historia de la humanidad, ya los antiguos astrónomos lo elevaron a los cielos en la forma del famoso asterismo de la Osa Mayor, visible todo el año en nuestras latitudes; esa fue su forma de perpetuar su hermandad con el hombre. Manuel, el propietario del carro de las fotos, le decía con cariño: “¡Hay carrico, cuanto rodas y cuanto te gastas”. La moraleja está en que el bueno de Manuel se fue hace muchos años, y el carro quedó prácticamente nuevo; yo desearía que, en honor de ambos, para toda la eternidad.



















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A un manantial perdido.

Jue, 05/29/2014 - 23:29



Serían incontables, las rodillas que en ese lugar se hincaron sin sumisión, o los labios que besaron exentos de amor. Por entonces, la yerba del sendero se había olvidado de crecer, bajo los pies y patas de tantos que buscaron en este santuario remedio para sus secos adentros. Paso obligado, cuando el camino llegaba más lejos, y también cuando no llegaba. Antaño ofrenda venerada, sin un mal estorbo que ocultara lo que no necesita veneración. Pero no se cual hechicero llegó de lejos para quedarse y erigir la desavenencia con la madre tierra. Sus sucias uñas acabaron sembrando zarzas y malezas en su derredor, al arrancar las gentes para donde solo por corto tiempo pudieran regresar. Y aún volviendo, su brote fresco y transparente se volvió prescindible, y su almacén inútil. Testigo mudo del descuido, su alegría se perdió cuando el óxido carcomió la férrea flauta que desgranaba notas en el pozo de reflejos de sol. Apenas sobrevive envidiando los sones del viento entre las arpas aéreas de los vecinos árboles. Querría recobrar la belleza, perder la afonía, pero su aliento resbalaba sin un mal murmullo casual… Despierta, fuente eterna, hoy es tu día. Mira al azul de nuevo con carita alegre y frente despejada. Que resople tu gárgola con la fuerza de los mares, para encontrar en tu mandil las perlas que nunca debieras haber perdido. Que vuelvan las reverencias y los besos, y las bocas de las barrilas que hinchan las alforjas de los sedientos labriegos. Que las chispas rutilantes del nocturno se reflejen en tus lágrimas, porque cuando venga el sol las secarán para siempre: un caminante se ha sentado en tus brazos para dejar volar la escritura en el páramo del papel, te ha ofrecido sus manos para vitalicia amistad y ha soñado a tu lado, contigo. Le he oído prometerte fidelidad en nombre de cuantos te amaron; prepárate, pronto recobrarás la belleza. Canta, pues, y cuando desees compañía, mezcla tus versos con los pasos de los viajeros, sólo así sabrán que no estás dormida. Fuente de la Peña, repararemos tu desidia.








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Bernardino.

Dom, 05/18/2014 - 23:30






Parece que fue ayer, y ya suma más de cuarto de siglo el tiempo que he añadido, orgulloso, a mis apellidos el de vidrialés. Casa, gente y costumbres nuevas… y amistades nuevas. Si lo primero vino rodado de la mano de mi compañera, en lo segundo puse gran interés; unos buenos amigos son un lujo para afrontar el diario acontecer. Personas con quien “echar unas risas”, o también arrostrar esos malos ratos que compartidos siempre son menos malos. Sin duda uno de los primeros y de los buenos, si no el primero, fue Bernardino. Elegí la albañilería como profesión, y él llevaba el tema metálico; desde un principio nos fueron complementarios oficios y personalidades. No fue difícil iniciar una relación laboral y personal tan estable que sobrepasa los 25 años sin un solo malentendido. Hoy me apetece dejar constancia de este hecho en mi querido blog, en agradecimiento por todos estos años de sincera amistad.
Bernardino es nieto de su abuelo. Como todos, diréis. Pues sí y no, porque no todos tenemos el privilegio de ser nietos del ti Silverio; fue una extraordinaria persona muy conocida entre nuestros mayores por su ingenio y su agudo e innato sentido de humor. Si “de casta le viene al galgo”, por alguno de los genes mi amigo heredó la alegría y perspicacia de su abuelo. Con todo el respeto del mundo, al conocer su honroso ascendiente, decidí apodarlo “Silvester”; el trato y el tiempo me ha dado la razón. No voy a dedicar éste artículo a alabar personal o profesionalmente a Silvester, trabajador como nadie, fino y detallista, si no a relatar algunas de sus muchísimas anécdotas de su vida que hacen agradable e imprescindible su compañía.La primera ocurrió siendo niño en Congosta de Vidriales, su pueblo natal, víctima de aquella costumbre de colocar en la iglesia a los niños en el primer banco, en lugar de hacerlo al lado de una persona mayor y responsable. Y los niños son niños, y todos hemos pasado esa etapa, la de la revoltosa inocencia. Aquel domingo los chavales tenían el día tonto; y claro está, Silvester no se quedaba atrás, si no que aportaba al conjunto todo su potencial humorístico, disimulado en lo posible, aunque era evidente en toda la iglesia lo que en el banco pasaba. En el momento de la comunión del sacerdote, Bernardino dijo, lo suficientemente alto para que lo oyeran sus compañeros:- Que te “atraguellas”… (atragantas)Y cuando tomó el cáliz…- Que te “pingas”… (manchas)Al finalizar la misa, el señor cura les dijo a los asistentes:- Esperad un momento.Bajó del presbiterio y reprendió con un cachete a todos y cada uno de los chavales; Silvester estaba el último y más por el efecto de esquivar que por la dureza del castigo se le fue la cabeza y golpeó la imagen que estaba a su lado, concretamente en el cuerno de una vaquita de San Isidro, rompiéndoselo. Todavía hoy, la vaca sigue descornada, aunque en breve trataremos de ponerle remedio.




El “que te atraguellas” y el “que te pingas” , como otras muchas de sus frases han sido recurso en incontables veces para animar las reuniones; en el bar o en las de nuestra peña, fundada por Silvester, Celso el panadero, Miguel el cuete y el que escribe. A la hora de ponerle nombre al grupo, y diseñar, como Dios manda, unas camisetas tuneadas, llamé a Silvester desde el taller de diseño para concretar uno de entre los varios nombres que teníamos pensados. Casi no le entendía, pues a su lado un perro ladraba sin descanso.- ¿Pero qué es tanto ruido?, - le pregunté.- ¡Ah!, es el perro, que “tien” catarro, - me contestó.Colgué el teléfono y le dije al diseñador:- Ya tenemos nombre: El perro tien catarro.Cuando nos recuperamos de las risas, hicimos el logotipo; un perro con una jarra de cerveza en la mano: nuestra bandera y lazo de unión para juntarnos sin motivo aparente en el bar, en algún lugar particular, o mejor, en la cueva (bodega) a degustar cualquier manjar, aunque éste nunca es lo importante. Paella, callos, cordero, pollo de corral, bacalao, marisco de pocilga… cualquier cosa ha sido buena, bien regada con vino vidrialés, para compartir en excelente armonía. Nuestros invitados han sido testigos.Para una de las últimas reuniones, nos llamó a todos a media mañana Bernardino: la cena era en la bodega. Había ido a un pueblo a llevar una ventana de aluminio, y como es costumbre, el cliente lo invitó a pasar hasta la cocina para pagarle. Allí estaba la señora de la casa desplumando un espectacular pollo de corral. Silvester hizo trueque: ventana por pollo, que llevó a la abuela María Luisa para que nos lo cocinara a la antigua usanza en la típica cazuela de Pereruela. Otra noche memorable…

No podría dejar de contar anécdotas de días felices, pero… también a los días soleados y apacibles le suceden violentas tormentas que oscurecen el cielo, nos sobrecogen y entristecen. Nuestro querido amigo se ha visto envuelto en una, en forma de delicada enfermedad y ha aconsejado su traslado a la ciudad, cerca del hospital. ¿Cómo describir esta aflicción? Sabe el cielo que la empatía nos ahoga, su sufrimiento es nuestro dolor, y solo un deseo ronda el pensamiento: su pronta recuperación. Bernardino, hasta ese venturoso día y desde la más despiadada de las impotencias, sabes que cuentas con nosotros para todo lo que necesites. Y recuerda, detrás de cada tormenta, el sol siempre vuelve a brillar. Un abrazo e infinito ánimo, AMIGO.



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La novena de San Mamés

Dom, 05/04/2014 - 12:17









Uno de mayo, Día Internacional de los Trabajadores; en el santoral San José Obrero, carpintero de Nazaret, patrono cristiano de los obreros, y en Ayoó todo eso y además fiesta de Bendición de los Campos, y búsqueda de San Mamés para honrarle con la tradicional novena. Día espléndido, primaveral, campo florido y cielo azul, perfecto para bajar unos cuantos a la ermita y encontrarse en las escuelas con la procesión; la insustituible Virgen del Rosario sale a esperar como buena anfitriona al invitado de honor. Todo simbolismo. Allí nuestro querido coro parroquial entona una vez más el cántico de bienvenida:
- Mamés, prenda bella.-
Mamés, prenda bella y finaa quien todos adoramos,venimos a este encuentrocon la Virgen del Rosario.A quien por Madre tenemostodos los buenos cristianosy esperamos que un díaElla nos lleve a su lado.¡Oh! Glorioso San Mamés,que alegría en este encuentro,que con todos tus vecinosa la iglesia nos iremos.Allí haremos la novenaen muy buena compañíade la Virgen del Rosarioque es nuestra abogada y guía.Y también de El Salvador,patrón de la Iglesia mismadonde todos sus devotosle vienen a hacer visitas.Allí le pedimos todos,cada cual lo que creemos,interceda por nosotrosal Rey supremo del Cielo.También le pedimos todosnos dé ayuda a nuestros campos,nos conserve nuestros frutosque tanto necesitamos.No te olvides de nosotros,que con fe te lo rogamos,nos ayudes en saludy también en los trabajos.¡Oh! Glorioso San Mamés,de veras hoy te pedimosque bendigas nuestro puebloy también a sus vecinos.Y volvemos todos juntoscaminando hacia la Iglesia,y todos con mucha ferezaremos la novena.
Concluido, Don Miguel procedió a bendecir los campos, otro ancestral y agradecido rito en los pueblos agrícolas, y de vuelta a la Iglesia el volteo de las campanas propagan las señales de fiesta. Este año, y puede que siente precedente, al no poder celebrar en Ayoó la Solemne Vigilia Pascual, con bendición del fuego y encendido del anual Cirio Pascual, y bendición del agua para que quien lo desee  pueda llevarse un poco a su casa, se bendijo el agua este día, ideal por su contenido espiritual. Al finalizar la misa, otro cántico inicia la novena, es el:
- Himno de San Mamés -
Pues de favores os llenael alto Rey Soberano,dadnos, San Mamés la manopara gozar vida eterna.De nobles padres nacidonuevo esmalte a su noblezadio la invicta fortalezacon que la fe has defendido,timbre tan esclarecidode ignominia al gentil llena.Pastor, en la soledadpasaste tus tiernos añoscon mas sabios desengañosque prometía tu edad,dando la eterna verdaddel mundo tu alma enajena.En alta contemplación,levantado sobre el suelo,águila, volaste al cieloa hacer tu nido y mansión,paga de tal devociónfue ataros a una cadena.Aunque aprisionado estabas,libre era tu caridadpues pusiste en libertada los que en prisión hallabas;con tal piedad irritabasde los gentiles la pena.Por rendir tu fortalezaa las fieras te arrojaron,mas a tus pies se postraronsin dar señas de fiereza;a tu natural bravezasagrado respeto enfrena.Reducidos a carbónno pudo la llama ardiente;late entre tu pecho fervientemás divina inflamación;arrancaste el corazón,por eso el juez te condena.Sacadas ya las entrañasen tus manos las llevaste,así del rigor triunfastecon victorias tan extrañas;de tan gloriosas hazañastu fama en el orbe suena.En premio de tu fe al cielote hizo de mal espanto,en quien nunca hubo quebrantono ha quebrado consuelos;premiado ve su desveloal que te invoca en su pena.Finamente enamoradode la soledad estaba,tanto que perdido andabapor no dejar su ganado,allí del cielo una vozbajar al valle le ordena.En fin, dejando tormentosque pudiera referir,como anhelaba morirpor Dios logró sus intentos,pasó a la Patria lucienteeste lucido planeta.
Al finalizar, si el tiempo amenaza la fertilidad de los campos por defecto o demasía de humedad, se invoca al santo pidiéndole lo que se necesita, con una de estas dos estrofas:
San Mamés, Mártir gloriosoque en el cielo está tu asiento,pide a Dios que no dé agua,los campos están mojados.
San Mamés, Mártir gloriosoque en el cielo está tu asiento,pide a Dios que nos dé agua,que los campos ya están secos.
Antes fueron nueve días de acogida; ahora, con el fin de facilitar la participación de la gente, la “novena” es del primero de Mayo al sábado segundo. Ese día la procesión parte de la Iglesia a la ermita, la rodea de derecha a izquierda y se tiene la que para mí es la más sentida y devota misa a San Mamés, para volver en procesión a la Iglesia entre el volteo de sus campanas. En la ermita otro cántico, modificado en algunas estrofas para la fiesta del 7 de agosto, dice:
- San Mamés, prenda querida –
San Mamés, prenda querida,a tu casa te llevamos,te hemos hecho la novenatodos juntos de buen grado.¡Oh! Glorioso San Maméslucero resplandeciente,tus devotos te veneran,los tienes aquí presentes.Te damos gracias por todo,de los bienes que has dadote seguiremos pidiendoporque nunca te olvidamos.Intercedas por nosotrosa la Virgen del Rosario,al Rey, Señor de los Cielos,que nos sigan ayudando.Que nos den fuerza y pacienciapara llevar los trabajos,también las enfermedadessi las estamos pasando.Por los mayores y enfermosque no pueden acompañarlole pedimos les ayudey les dé su santa mano.También por nuestros difuntos,que tanto te recordaron,con mucha fe te pedimosque les hayas ayudado.¡Oh! Glorioso San Mamés,de veras hoy te pedimosque bendigas nuestro puebloy también a sus vecinos.Con esto nos despedimos,aunque mucho te visitamos,que, si Dios quiere, en agostogrande fiesta celebramos.A este bendito santole damos la despedida,que defienda nuestras almasen la última agonía.
Y como decimos sus devotos… Amén.
Me gustaría, si es que corresponde a alguien, que se dedicara algo de tiempo a la limpieza y restauración de la fuente de San Mamés. Unas hierbas cubrían la pileta y atascan los bebederos. Con qué poquita cosa se podría mantener y visitar para que se cumpliera la máxima: “Ayoó de Vidriales, tierra de manantiales”.




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¿Por qué llora San Fructuoso?

Dom, 04/27/2014 - 12:44



El 16 de abril el santoral nos recuerda a San Fructuoso, el que naciera en el Bierzo y terminara sus días como Obispo de Braga. Entre lo uno y lo otro es conocido como el padre del monacato español, con reglas monásticas propias. Una persona que si bien buscaba soledad y silencio para encontrarse a si mismo a través de la oración y la meditación, eran otras personas quienes le seguían en busca de consejo, amparo u orientación. Llegó a ser una multitud quien lo arrancara de su humilde cueva una vez tras otra; y él, lejos de molestarse, los organizó en monasterios diseminados por gran parte de la península ibérica. Muchos documentados, varios desconocidos, como posiblemente también lo fuera nuestro monasterio Ageo, del que no queda constancia de su fundación ni situación en el actual Ayoó de Vidriales. El eminente e ilustre, fallecido ya, Don Augusto Quintana Prieto, investigador, escritor y supremo conocedor de todo lo concerniente a los archivos diocesanos del Obispado de Astorga y de la historia de la Iglesia en general, analiza esta posibilidad, concluyendo que no puede ser por razonados motivos. El primero por el nombre: cita un documento del año 1057 en el que la infanta doña Elvira hace la donación del pueblo de Granucillo al completo, “con todo cuanto tiene dentro y fuera” a “la casa de San Fructuoso”, siendo ésta la primera vez que en algún escrito figura así el monasterio de Ageo. Dice don Augusto que no es posible imaginar que un hombre, por santo que sea, se dedique a si mismo una fundación suya. Eso podría ser cierto, pero este no es el planteamiento como tampoco lo fue en San Salvador de Montelios, en la zona de Braga, otro de sus monasterios donde recibió el santo sepultura, y que posteriormente se llamara y fuera conocido como San Fructuoso de Montelios. No fue él, si no sus seguidores quienes cambiaran el nombre al monasterio por el de su fundador, seguramente por un sentimiento de admiración y agradecimiento. Un segundo motivo para don Augusto es la documentada invasión agarena que comenzó en Algeciras en la primavera del año 711, y que durante un siglo mantuvo despobladas nuestras tierras. Para éste da el primer punto como válido y vemos que es fácil que esté errado, por lo que el monasterio pudo ser destruido por las hordas y reconstruido para el tercer dato en la persona de un personaje histórico: San Arandiselo. Atribuye a su persona la fundación, estudiando muy bien las fechas, y la verdad que no se podría debatir a no ser por el tratamiento que le da San Genadio, que no es leve, pero que no pasa de “Padre y Abad”. Pudo ser reconstructor, e incluso darle el nombre del Santo Ageo, profeta menor y promotor de la reconstrucción del Templo de Jerusalén; pero de haber sido el fundador, San Genadio seguramente se hubiese dirigido a él con otro tratamiento, más digno, en otro nivel y reconocerlo en sus escritos. Por otra parte, el abad dio la bendición a San Genadio y sus compañeros al partir para restaurar San Pedro de Montes, otro monasterio fructosiano, lo que indica un importante vínculo entre ambas casas. Quién soy yo, simple lector y contador de historias relacionadas con nuestro entorno, para contradecir al sabio don Augusto; pero permitidme al menos solicitar para este caso el beneficio de la duda, la misma que tuvieron otros sabios historiadores de la importancia del Padre Alonso Andrés, o el padre Yepes.
Lo indudable es la estrecha relación de Ayoó de Vidriales con San Fructuoso. Todavía hoy, una figura de bulto redondo de éste santo ocupa lugar en un pequeño retablo de nuestra Iglesia. Antaño lo hiciera en una ermita en la calle Palomares, de la que apenas queda un trozo de pared, demasiado elevada para ser de huerto. Del retablo es de destacar su pequeño tamaño, al que se le añadió al llegar a la Iglesia la parte superior, seguramente traída de otra ermita; también las inscripciones de su predela: de izquierda a derecha y de arriba a bajo se puede leer:“Esta obra se hiço siendo cura el I Dº Don Pedro Alonso de Cifuentes, i maiordomo Juan Teston i Juan Freile  ano de 16 6”“Esta obra se hizo siendo cura el ¿…?¿ilustre…?¿reverendo? Don Pedro Alonso de Cifuentes y mayordomo(s) Juan Teston y Juan Freile  Año de ¿1676?, o por elisión del cero ¿1606?. Entre estas escrituras una artesana cerradura protegía el sagrario, interiormente adornado con figuras estelares sobre fondo azul, ensalzado con una inscripción latina en el exterior. Gracias a la traducción de nuestro Párroco Don Miguel podemos conocer su mensaje: “Porque esto es mi cuerpo, este es el cáliz de mi sangre, de la nueva y eterna alianza, el misterio de la fe, que será derramada por nosotros y por muchos para remisión de los pecados”. Era, en su día, la parte central de la liturgia eucarística.
Pero un pequeñísimo detalle se ha escapado a los ojos de cuantos han contemplado la talla del San Fructuoso. Una bien definida lágrima resbala desde la comisura lateral del ojo izquierdo hacia su mejilla. Parece un defecto del artista al pintar el rostro, algo totalmente descartado por la perfección de las formas y la calidad de la estatua policromada. Es un atributo, un rasgo que alguien dejó o mandó dejar por conocer algún hecho trascendental en la vida de San Fructuoso. He leído y releído cuanto ha llegado a mis manos sobre su biografía, que relata, algunas veces de forma infantil, una personalidad excepcional, una vida apacible y como no podría ser de otro modo, en constante conexión con la naturaleza y sus criaturas. Solo al final de sus días algo pudo merecer no una lágrima, sino toda la aflicción en el corazón del santo. Siendo anciano ya, decidió junto con algunos discípulos peregrinar a Tierra Santa, pero enterado el rey Recesvinto lo mandó detener y custodiar para evitar el viaje. También, en contra de su voluntad, le hizo abad y obispo de Dumio, y más tarde de Braga. Es renombrado el desapego de San fructuoso con las cuestiones mundanas. Encarcelado bajo las vestiduras de obispo, bien le mereció al artista una inadvertida lágrima en un rostro inexpresivo; un artista que también conocía la bienaventuranza “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”, y el refrán “Lo que se siembra con lágrimas, se recoge con gozo”. Si esto no fuera la solución del enigma… ¿por qué llora San Fructuoso?









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