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El Ti Joaquin

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De "pendoneo" por la Valdería

Mié, 10/29/2014 - 15:15

Sábado soleado, buena temperatura, perfecto día para quedar a las puertas de mi querida Valdería con unos amigos para visitar y disfrutar de la magia que siempre rodea a los Pendones donde quiera que estén. Esta vez los pueblos elegidos fueron Felechares y San Felix, y los amigos Jose, investigador y editor de Pendoneros de León; Gelo, Procurador de la Tierra; y sus señoras, María Jesús y Flori, pendoneras. Cafelito indispensable en la gasolinera de Castrocalbón para sentar el cuerpo, que la mente estaba puesta ya en las enseñas que solo se exhiben localmente, y de ahí el interés en documentarlas y compartirlas al menos fotográficamente como valioso legado que son.
Primer pueblo, Felechares, entre los márgenes del Éria escondido, como los demás pueblos a los que riega las vegas y abastece sus caños de molinos harineros. Dignos de mención son sus arcaicos castaños de los Pedragales, los que proporcionaron sombra y alimento a tantas generaciones. Sin más dilación nos encaminamos a la Iglesia, que todavía acoge en su jardinillo al tradicional Mayo amarrado en lo alto de un chopo. Da gusto ver que todavía se dedique tiempo a estas ancestrales costumbres, aunque no hayan encontrado un rato para bajarlo para comienzos de junio. A las puertas de la iglesia, con ayuda de algunos jóvenes, de Sergio, presidente de la Junta Vecinal y de D. Jorge, cura párroco, desenvolvimos un precioso paño tricolor, sobre una vara de 8,20, rematada en cruz parroquial de 42 cm. Solamente sortea el viento en la romería de Santa Elena, cuando van a buscarla a su ermita y la devuelven tras nueve días de novena, día festivo que se hace coincidir con el primer fin de semana de mayo y es regionalmente conocida además por los campeonatos de motocross. Parece ser que nunca ha participado en ningún acontecimiento ajeno al pueblo, al contrario que la auténtica cruz parroquial, que antaño se subastaba para acompañar en la ida y vuelta a Astorga de la Virgen de Castrotierra. Curioso.
Segundo pueblo, San Felix. De aquí me gustaría destacar sus desusados molinos, situados a caballo del caño que se cuidaba con esmero para su gratuito alimento motriz. Todavía conocí el de la Tahona, el de las Seras, el Molinín, el molino l’aceite y el de la Marra. El molino l’aceite también era conocido como el de la luz, porque durante un tiempo por medio de una dimano se generaba energía para eclipsar los candiles y las velas de las humildes viviendas antes de los primeros tendidos eléctricos del valle. Puntuales, con los Pendones vestidos y floreados, nos esperaban sus veladores también en la Iglesia, para enseñarnos el importante número de cuatro y de distintos tamaños desde los 4,60 en disminución hasta uno pequeñito infantil. Aunque la sorpresa estaba en lo que llaman pendoneta, por su paño reconstruido altruistamente por un grupo de mujeres con lo aprovechable del pendón “viejo”, con seguridad centenario. Dos colores, rojo del realengo del pueblo y verde de valor demostrado, unidos con pasamanería dorada y entrecalada, y rematados con flecos también dorados. Posiblemente de seda damasquizada, por su especial tacto, y porque con la mínima brisa ondea con facilidad. La vara es de negrillo y lisa, de 4,35 de alto, del mismo árbol que la vara antigua que todavía se conserva en el techo de la sacristía, labrada en sus acanaladuras con pequeñas hornacinas y muy afectada por insectos xilófagos. Esta pieza estaba policromada con los colores del paño, tiene una longitud de 7,50 metros y parece que ya fue recortada para mejor manejo. Los cuatro Pendones se lucen en las procesiones de las fiestas del 13 de junio en honor a San Antonio de Padua y de las del 30 de agosto por su patrón San Félix. Tampoco participan en ninguna concentración, pese a la afición de algunos de sus jóvenes de desfilar con el Pendón de Calzada.
Y cerca del mediodía ya, saltamos la sierra de Carpurias para entrar en Fuente Encalada, donde a mis amigos les tenía reservada una pequeña sorpresa. Este pueblo no pertenece a la actual provincia de León, jovencísima cuando hablamos de Pendones; está situado en el originario y Regio León, y ya lo dice la gente: “No hay un pueblo de León, que no tenga su Pendón”. En el trastero de la Iglesia se conserva una vara de 6 metros de chopo del país, con 13 acanaladuras coronada con una pequeña cruz parroquial de bronce de 21 centímetros. La gente mayor del pueblo recuerda el paño, perdido entre las humedades y polillas de algún cajón desde que los cables eléctricos cruzaron las calles hace más de 70 años. Era rojo carmesí, con flecos y pasamanería dorados, y parece que hay cierta iniciativa por recuperarlo y volverlo a exhibir como siempre se hizo. Ánimo y enhorabuena por tan sabia decisión.
Terminamos la mañana en el bar, planeando nuevas indagaciones. Pronto volveremos por Vidriales, buscando en los trasteros el rastro de paños y varas, que haberlas “haylas”, y de faltar nos informaremos por las memorias indelebles de las personas mayores, que son documentos históricos de gran valor y rigor. Con tan buena compañía, da gusto rememorar nuestras eminentes raíces leonesas.

Felechares de la Valdería










San Félix de la Valdería










Fuente Encalada






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Antonio Cristo; Alcalde de los Mozos

Mar, 10/21/2014 - 00:03

Hubo una vez una ley a la que nadie se dignó poner nombre, y por la que jamás un papel sufrió borrón, porque tampoco fue escrita. Una ley por todos comprendida y conocida, aún careciendo de estudios, porque fue dictada por el sentido común precisamente para la convivencia educando el menos común de los sentidos. Fue enseñada junto a las primeras razones de forma oral; la mejor forma, queriendo, de aprender. Estaba basada en las opiniones de todos y en la obediencia a un líder, en el respeto a las tradiciones, y a la edad como fuente de sabiduría. Una ley que recogía un conjunto de viejas normas destinadas a un bien definido grupo, homogéneo y estable, los solteros varones de cada pueblo, “los mozos”, regidos y representados por un “alcalde” elegido por votaciones, y renovado o sustituido anualmente por el mismo sistema en base a sus aptitudes.
Mi vecino se llama Antonio, aunque es muy conocido en la zona por su apodo: “Cristo”. Y precisamente Antonio Cristo es recordado por largos años de alcalde de los mozos, y reconocido por su buena gestión al cargo de sus masculinos vasallos. He recurrido a su estupenda memoria y larga experiencia para conocer mejor las normas anteriormente señaladas.
Entre montones de anécdotas, algunas más incontables que otras, (juventud, divino tesoro), situó su reinado de casi una decena de años entre las décadas 50 y 60, desde su llegada al pueblo recién licenciado del servicio militar hasta su partida como emigrante, como muchos otros por aquel tiempo, en busca de futuro. De aquella, la cifra variable de mozos en Ayoó oscilaba anualmente en torno al centenar, entre los muchos nuevos que “pagaban la entrada” y los varios matrimonios que automáticamente causaban baja en el grupo. El día de Todos los Santos era el elegido para varias curiosas actividades; precisamente, con una comida, se el daba la bienvenida previo pago de una pequeña cantidad a los adolescentes que deseaban ingresar en tan solemne grupo. Este 1 de noviembre los mozos también estaban encargados de encordar para los oficios religiosos, igual que el día de Ánimas, al día siguiente. Pero más curiosa era la tradición de “sortear las mozas”. Ya aparecerán voces tildando el acto de machista, y sin embargo nada más lejos. Por riguroso sorteo se adjudicaba una moza a cada mozo, para que la acompañara cual caballero, de forma que ninguna, cualquiera que fuese su condición, quedara excluida ni menospreciada. Había incluso una comisión de seguimiento para que ningún acompañante hiciera caso omiso de sus deberes, bajo castigo y multa. Varias parejas nacieron de ésta práctica, porque era inevitable perder la timidez u otros perjuicios sociales; lo comprenderán mejor los de cuarentaitantos en adelante, y seguro será complicado hacérselo entender a los actuales adolescentes.Por cierto, es curiosa la fecha del 1 y 2 de noviembre para estas actividades sociales; recordemos que ya los celtas celebraban solsticios y equinoccios, y sus cuatro intermedios. Para ellos estos dos días intermedios entre equinoccio de otoño y solsticio de invierno tenían la categoría de nuestro Año Nuevo, “Samhain”, y efectivamente los dedicaban a honrar a sus muertos. Por esto cabe preguntarse si estamos ante una tradición milenaria, un resto de ritos tribales ancestrales de renovación jerárquica.O quizás todo sea más sencillo y natural, como la charla con Antonio, que nos recuerda otra fecha posterior señalada: 1 de Enero, nuestro Año Nuevo. Por entonces, la víspera, se volvía a poner en marcha la maquinaria juvenil para limpiar fuentes, pilos y lavaderos de suciedades y limos. Bajo la batuta del alcalde de los mozos se distribuían grupos de trabajo para ganarse el derecho de pedir el primer día del año, casa por casa, el aguinaldo y así celebrar una merecida comida, y cena si sobraba. Unos días más tarde, en la noche de reyes, y tras no muchos ensayos, los mozos volvían a reunirse para “cantar los reyes” exclusivamente al verdadero alcalde, al médico, al cura, al maestro, al secretario y al jefe de la Hermandad, que eran las autoridades y su propinilla bien sufragaba otra comida social.
En la Semana Santa los mozos, haciendo uso de su vitalidad, tenían la misión de hacer sonar las carracas para avisar de los oficios en los que no se deben tocar las campanas, los de Viernes y Sábado Santo hasta la Vigilia Pascual, en la que se representaban las “Tinieblas”. La oscuridad disimulada con las velas se veía atronada con las mayores carracas porteadas por fornidos mozos desde el presbiterio. Nos recuerda Antonio que una era tan grande como un “cañizo”, bastante más de un metro cuadrado, para orientar a quien desconozca esta pieza del carro. Al finalizar éstos, multitud de carracas contestaban por toda la iglesia, y el cura, que permanecía sentado, se levantaba y les obsequiaba con un aplauso, para proseguir con la celebración.
El primero de mayo llegaría con rapidez. Otra festividad celta, “Beltaine”. Aquí se mezclaba trabajo y estrategia. Era menester colgar “el mayo”; sí, pero también quitárselo a los de los pueblos vecinos y evitar que arrebataran el propio. Total, una noche en vela, con carreras, voces y riñas. En estos días también se organizaba una comida, que solía ser en el Robedillo, a base de pan y escabeche, regado con el vino que hiciera falta.
Para las fiestas patronales los mozos estaban encargados, y de hecho lo siguen estando, de la contratación de músicos que amenicen bailes y pasacalles. Nunca hicieron falta demasiados, apenas una dulzaina y una caja, para animar las largas veladas en Can Redondo. Bailes obligatorios de las bodas, en las que el novio invitaba a sus amigos mozos y la novia a las propias mozas. Así la fiesta estaba servida. Antonio también nos habla de la tradición del rosco, entregado por la madrina de la boda a los mozos para su exhibición y degustación. Pero había cierta “propiedad” de la novia por parte de la comunidad soltera masculina. Si el novio era de otro pueblo no se la podía “llevar” gratuitamente. El alcalde mandaba reunir a los mozos para pedirle “el piso”, una compensación monetaria por la “pérdida” de la moza. Las negaciones solían acabar en seria bronca, con desenlace siempre a favor de los mozos, por supuesto.
Este es otro artículo de los que no me apetece terminar, porque me ha llevado en volandas a tiempos pasados vividos con intensidad. Recuerdo mi ingreso, junto a un par de amigos, en los mozos de mi pueblo, Calzada de la Valdería. Era, y yo así lo recuerdo, como hacerse mayor de repente, de un día para otro. Pero dejar la niñez atrás no tenía que ser gratuito, conllevaba una serie de beneficios aunque también de obligaciones. Por ejemplo, eran voluntarios forzosos para acarrear la leña con que calentar, un poco más, la serie de fiestas o noches de reunión que hicieran falta. Voluntarios para recados, para soportar bromas… voluntarios para merecer el honor de respetar y hacer respetar el buen nombre del pueblo. Del pino conocemos la piña; con los mozos la pudimos sentir, al ser aceptados sin requisitos entre la élite de la sociedad que nos tocó vivir. Es una pena, pero bien está lo que bien acaba, aunque esto hayan sido los mozos, su alcalde y su ley. Gracias, Antonio; tu testimonio ha dignificado un poco más la historia de nuestros pueblos.




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Guardianes de pendones

Mié, 10/08/2014 - 00:09

Me encantaría acertar con las palabras adecuadas para dejar constancia, al menos en este modesto blog, del trabajo encomiable de dos amigos y compañeros en la espectacular tradición de exhibición de pendones en el omnipresente Reino de León. Palabras precisas para dar a conocer a quienes altruistamente madrugan, preparan equipo, se desplazan, están pendientes e incluso asesoran y luego divulgan un año tras otro la importancia de estos acontecimientos. Es difícil, pero tengo que decirlo, porque algunas veces gente tan grande pasa inadvertida por darla por conocida. No debiera ser en este rincón, u otros parecidos; debieran los verdaderos medios de comunicación, al menos los autonómicos, hacerse eco para premiar públicamente tanto esmero e ilusión. Uno a través de la fotografía, otro por medio del vídeo, y ambos en las redes sociales o en YouTube contactan con facilidad con sus muchos seguidores para ofrecerles, allá donde estén, un documento resumido de los eventos sociales en los que se han enarbolado pendones.Me refiero a la pareja formada por José Antonio Ordóñez Martinez y Juan Manuel Díaz Silván, de Soto de la Vega y Santa Marina de Torre respectivamente. Fácilmente reconocibles en cuanto se participa en un par de desfiles; sociables, amigables, cordiales… atentos a lo que sucede, buscando la belleza por encima de lo bello para luego publicar con perfección lo perfecto. “Pendoneros de León” y “Pendones.en” son sus espacios en Facebook, y el canal “annexxis77” en YouTube, imprescindibles de seguir para quienes amamos y compartimos tradiciones, y sobre todo para estar al día en éste ajetreado mundillo de los desfiles, en el que el mejor no es la envidia, el líder; el mejor es el orgullo del grupo.
Allí donde una vara desafíe la ley de la gravedad, donde el viento sacuda un paño, habrán estado y estarán estos guardianes de los pendones para dejar constancia, de forma documental a través del vídeo y la fotografía, del hecho para su difusión aquí y más allá de los aledaños de nuestra tierra. Como no podía ser de otra forma, ellos también estuvieron en Vidriales, documentando la fiesta del 30 de agosto de este año 2014. También hubo madrugón; Jose llegó incluso antes que ningún pendonero, tiempo que aprovechamos para visitar el Santuario y comentar sus múltiples historias. A Juan le esperaba una hora de viaje, pero allí estuvo, desde el comienzo en San Pedro de la Viña hasta el final de la celebración. Jose nos cuenta con sus imágenes la romería desde estos enlaces:https://www.facebook.com/pendoneros.deleon/media_set?set=a.722916911116436.1073742017.100001944025835&type=3https://www.facebook.com/pendoneros.deleon/media_set?set=a.722947287780065.1073742018.100001944025835&type=1Juan, en un elaborado montaje, nos ha obsequiado con su toque personal:http://www.youtube.com/watch?v=GMLm1wlc_VkPudieran parecer cosas sin importancia, pero la tiene, y mucha; porque nos dan la razón a cuantos trabajamos por conservar y mantener vivas esas tradiciones que nos hacen ser lo que somos y compartir cuanto tenemos. Gracias amigos, como vidrialés; como aprendiz y seguidor de pendones; gracias por vuestro tiempo y aquí tenéis el mío, un espacio y un colaborador dentro de sus posibilidades para lo que gustéis; y gracias como leonés por conservar tan vivas las ancestrales y orgullosas enseñas leonesas. Nos vemos, siempre al lado del pendón.




                    
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De siegas y segadores

Dom, 09/07/2014 - 17:59




“Todo cambia, nada es”. El filósofo Heráclito de Éfeso (535 AC - 484 DC) razonaba el tránsito del tiempo y su efecto en nosotros con ésta y otras frases, como “nadie se baña dos veces en el mismo río”. Si bien esto es cierto, y por tanto indiscutible, también es evidente que hacemos cosas que parecen saltarse esa máxima, realizamos actividades y tenemos comportamientos que aparentan ser eternos. Una forma de subsistencia ha convivido con la humanidad desde sus tiempos más remotos, algunos calculan más de 8000 años: el cultivo de cereales. Con éste cultivo el ser humano ha tenido hasta los últimos 80 o 100 años el mismo método de recolección, agarrar con una mano, normalmente la izquierda, un puñado de tallos a poca distancia del suelo y cortarlos con la otra mano ayudado de una herramienta con forma curva y afilada en su parte cóncava, una hoz. ¿Qué son, pues, 100 años en 800 siglos, mas que un amanecer dentro de una eternidad?
Pues nos pondremos a hablar de siegas, y para que no se nos olviden, me parece adecuado recordar los últimos nombres que se dieron en el proceso de convertir las espigas en harina y la paja en alimento o cama de ganado, aunque sea comenzar una guerra de nombres y enfrentarse a la mismísima Real Academia de la Lengua. Una vez más repito que cambiar de comarca es cambiar de maneras de nombrar; las que yo aportaré son las dí porque así me enseñaron en la nuestra, Valdería y Vidriales.
Segar es cortar, pero no de cualquier forma, como cualquier trabajo se efectúa con orden para un mayor rendimiento y eficacia. Para segar con la hoz se comenzaba la parcela de derecha a izquierda y cada segador llevaba una franja tan ancha como alcanzara su brazo caminando solo hacia adelante. Eso es una “calle”, “mano” o “sucada”. Cada puñado de tallos segado, la “manada”, se dejaba en el suelo al lado izquierdo, hasta que quedaba incómodo y entonces se comenzaba otro montón. Estos montones de manadas son las “gavillas”, y como solían ser pequeñas para manejar se juntaban dos o más para crear un “manojo”. A este acto se le llamaba “engavillar” y quienes lo hacían “engavilladores”. Los manojos se ataban con un puñado de su mismo montón, bien ordenado por la parte de las espigas. Sin soltarlas con una mano, para esto había diestros y zurdos, se abrazaba el manojo para pasar al otro lado y con un giro alrededor de las espigas e introducidos por debajo de los tallos el manojo quedaba atado. Este puñado de atar tiene varios nombres, siendo “gadañuela” o “garañuela” los más usados, aunque también se le llama, incorrectamente, “encaño”. El encaño es el tallo y la espiga sin grano, para ello se “majaba” sobre una madera, y se usaba para atar varias cosas, previa inmersión en agua para devolverle sus propiedades elásticas. Una vez atados los manojos se amontonaban para cargarlos sin mover el carro, y luego se “respigaba”, es decir, se recogían una a una las espigas que se pudieran haber perdido. Estos montones de manojos ordenados se llaman “morenas”, y se solía hacer una pequeña al comenzar a segar para poner la comida y la “barrila” de agua a la sombra.
La siega se hacía con rapidez, con energía y ritmo. Si un segador se paraba o ralentizaba hacía parar a quien llevaba detrás, a su derecha. Por eso los mejores iban delante, como una selección natural según las habilidades de cada uno. Los jóvenes engavillaban y ataban, y segaban detrás un ancho menor hasta coger práctica y resistencia. Por tanta presión los cortes en la mano izquierda serían habituales si no fuera por los “dediles” y la “galocha” (zoqueta). Los dediles son fundas de cuero para no cortarse los dedos, o para proteger uno herido. Para no perderlos iban unidos con una correa a la muñeca. La galocha o zoqueta es un objeto de madera con forma de recipiente en el que se introducen los dedos de la mano izquierda exceptuando el índice y el pulgar. También se ataba a la muñeca con un cordón. Otro útil que siempre acompañaba a los segadores era la piedra de afilar, para poner a punto las herramientas. Normalmente se introducía en un trozo de cuerno de vaca y se colgaba del cinturón, aunque fue más popular entre los segadores de guadaña, junto con el martillo y la “pica”, el pequeño yunque que se clava en el suelo para “picarla”, o adelgazarla en el corte.
Llega el momento de transportar los manojos a las eras, se empieza a “acarriar”. Los manojos se cargaban con el “forcón”, herramienta con dos dientes y un mango largo en el carro, al que se le sustituían las “costanas” por “pernillas” para una mayor capacidad. La parcela, segada y sin manojos, quedaba “de rastrojo”. Ordenar el carro siempre fue un arte, para evitar que las sacudidas por los baches del camino deformaran e incluso cayera parte de la carga. Para ello se colocaban los manojos horizontales con la espiga hacia el centro o alternados cuando quedaba hueco, y al terminar eran atados con dogales. Al carro mal cargado y a punto de perder parte de su carga se le decía “despanzurrado” o “abortizo”.
En las eras, que nunca fueron singular aunque fuera una, los manojos se almacenaban en una especie de edificio, también con la espiga hacia el interior, llamado “meda”. Había medas circulares, cuadradas o rectangulares, pero todas compartían una característica: como tejado una pendiente hecha con manojos con la espiga hacia el lado bajo para que la lluvia no penetrara en su interior. De la meda a la trilla, circular, para pasar por encima con un pesado tablero tirado por animales al que se le insertan pequeñas lajas de pedernal, el trillo. La trilla se volteaba para acceder a todas sus zonas, primero manualmente y últimamente con un simpático carrito metálico, el “volteador”, que funcionaba automáticamente por medio de bielas. Al finalizar se recogía para un montón, la “parva”, con un palo con forma de C abierta, el “calamón”. Con el viento, y más adelante mecánicamente, la parva se limpiaba, es decir, se separaba grano y paja, en montones llamados “muelo” y “parvón”, respectivamente. Durante todo este proceso se manipulaban las distintas herramientas que ya incluí en éste artículo. Al carro se le colgaban redes de las pernillas, las “armaduras”, para transportar la paja; el grano se transportaba el “fardelas” o “quilmas”, grandes bolsas de tejido de lino, hasta la “panera”, habitación habilitada en la casa para almacén, generalmente en el segundo piso, y se derramaba por el suelo para un completo secado. De ahí al molino, y la paja al pajar, a través del “boquerón”.
Antes de la llegada de la mecanización hizo aparición la guadaña o “gadaño”, la mejora de la hoz añadiéndole la elemental solución: un palo largo. No fue en principio bienvenida, por el “derroche” de paja al segar más alto. Y cuando quiso hacerse popular en el último siglo llegó el diseño de máquinas que dejaron obsoleto el rudimentario trabajo de la siega a mano. Primero fue la segadora-engavilladora, un ingenioso carro tirado por un équido que segaba y almacenaba varias gavillas hasta completar el manojo, que se ataba a mano. Luego, y por muy corto tiempo, este carro se tiró con un tractor y también ató los manojos, era la segadora-atadora. En las eras apareció el trillo mecánico, un cilindro dentro del cual un eje con cuchillas trituraba los manojos con la ayuda de un tractor. Más adelante fue la trilladora, que unía a la anterior máquina la aventadora y separaba automáticamente grano y paja. Y por último apareció la cosechadora, con todas las comodidades o incluso más que un turismo, que se mueve por las parcelas completando el proceso desde la siega hasta el transporte que llevará el grano al almacén. Tras de ella se pasa la empacadora, que recoge la paja y la comprime en unos paquetes llamados pacas para un fácil almacenamiento.
Hoy una sola persona en un día hace tanto trabajo como mil jornaleros, que de desplazaban decenas de kilómetros (o incluso centenares hasta Tierra de Campos, Valladolid) andando para ganarse un modesto jornal. La siega siempre fue una tarea dura y dolorosa. Raro era el segador que no se quejara de sus “cadriles”. El calor y la sed, los tábanos, las moscas y mosquitos, los dolores de riñones, la desesperación y la prisa por amenaza de tormenta… nunca fueron obstáculo para aquellas personas mañosas, laboriosas e incansables, que al final encontraban su premio en la satisfacción de ver recogida en casa la cosecha para todo un año y así poder alimentar a los suyos. Prácticamente todas las personas mayores de nuestros pueblos fueron de aquellos segadores, y no puedo menos que sentir un profundo respeto y admiración por ellos y por sus historias tan cercanas y a la vez tan ancestrales. Se cuenta en mi familia, que mi bisabuelo, ya muy viejito, cuando a la sombra de la nogal veía pasar a los segadores les aconsejaba: “¡Hala, hijos, hala!, poco a poco y no parar… la barriga a la sombra y el hierro que se ruja, que se ruja”. Esa fue la filosofía de miles de generaciones autosuficientes, que recuerdan con alegría y cariño aquellos tiempos pasados de dolor y sudor, si, pero también de cánticos, de meriendas bajo robles y encinas, de siestas o de “la sopa en vino”, una mezcla de miga de pan, vino y azúcar para animar a media tarde el último tramo de la jornada, que decían que “no emborracha, pero alegra a la muchacha”.
Hablando de eternidades, este artículo se me rebela como eterno y no encuentro fin alguno adecuado; así que le cedo el remate a la poesía, de la delicada mano de María Violeta Gambín Sevilla, en un fragmento de “los segadores”:
¡Madre! Ya vuelven
los hombres, de la siega
regresan, madre.
Sus alforjas cargadas de pan,
vacías de sueños están.

¡Madre! Ya vuelven
los hombres, de la siega
regresan, madre.
Sus rostros enjutos,
cansados parecen,
y sus manos hechas de callos,
descanso merecen.

¡Déles de beber, madre!
agua fresca del pozo,
que remojen sus labios secos
y de agua de lluvia se bañen,
que los hombres de la siega
cansados regresan,
de cortar los trigales
Y una frase para reflexionar: “A dos hombres venero yo en este mundo: al labrador sufrido de mano callosa y nervuda, en la que permanecerá para siempre una real e indeleble majestad puesto que en ella está el cetro de este mundo; y a aquel que trabaja por las imprescindibles necesidades del espíritu, no por el pan cotidiano, sino por el pan de la verdadera vida” (Thomas Carlyle, historiador, crítico social y ensayista, 1795 – 1881)













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Resumen de la fiesta Virgen del Campo, 2014

Dom, 08/31/2014 - 18:39

“Las campanas y el pendón del pueblo son”. El sábado 30 de agosto de 2014 se cumplió esta máxima en torno al Santuario de Nuestra Señora la Virgen del Campo, en el corazón de Vidriales y de manos del pueblo vidrialés de corazón. Tres campanas que no dejaron de voltear desde el mediodía hasta el comienzo de una ceremonia religiosa en honor a todos los pueblos del valle. Y un tímido pendón que inició su andadura desde el paraje El Valle, de San Pedro de la Viña, arropado y nunca mejor dicho, por los pendoneros ya confraternizados y sus pendones venidos de los vecinos valles de la Valduerna, Jamuz, Valdería y Órbigo. En medio de la hermandad, su bautizo: la bendición de bienvenida al blanquiazul que ya ondea con propiedad y garbo, y que con orgullo nos representará donde quiera que vayamos en esta nueva etapa de promoción y recuperación de tradiciones de nuestro Santuario Mariano.
El cielo amaneció parcialmente nublado, a sabiendas de lo que habría de suceder. Viento ligero para desplegar enseñas, algunas centenarias, y emoción al mostrar los nuevos colores: blanco y celeste; en el suelo se ha reflejado el cielo, y en los rostros la felicidad de la gente que auguraban entre nervios lo que ha pasado como día memorable. Para nosotros ha sido difícil, hay que reconocerlo; pero hemos sido sorprendidos por todos los grupos que con disimulada empatía han hecho de la fiesta una verdadera solemnidad, con alegría, colorido, música, baile… y distinción. En señal de gratitud, y para general reconocimiento, estos son:Alija del InfantadoBodeguerosCalzada de la ValderíaCastrocalbónGenestacioQuintana del MarcoJiménez de JamuzLa BañezaPalacios de la ValduernaPobladura del ValleQuintana del MarcoSanta Elena de Jamuzy el estandarte de San Lucas de Carracedo.
Y como no, si de fiesta hablamos, agradecer también el verdadero motor, el motivo que nos ha concentrado este sábado en las inmediaciones de Rosinos de Vidriales: la veneración con todos los honores de nuestra patrona la Virgen del Campo. Comenzó con la tradicional procesión precedida por los pendones, que al finalizar rindieron reverencia como colofón e inicio de la suntuosa misa presidida por el P. José Antonio Nieto Rodríguez, Vicario General de la Congregación de la Sagrada Familia, y concelebrada por quienes ya oficiaron en la novena: el P. Carlos Cristóbal Cano, D. Carlos Fernández García, D. Pedro Centeno Vaquero, D. Vicente Miguélez Miguélez, D. Pedro Aparicio Blanco, D. L. Aurelio Miguélez Martínez, D. Eladio Ferrero Vaquero, D. Felipe Tostón Martínez y D. Gabriel Benavides Ferrero.
No me he olvidado de D. Víctor Murias Borrajo, y de D. Miguel Hernández Rodriguez, porque para ellos es esta especial mención: el primero, actualmente Ecónomo de la Diócesis de Astorga, por ser el promotor, allá en el año 2008, de esta nueva etapa de florecimiento de enraizadas tradiciones; y el segundo y con todo el afecto, como rector del Santuario, por saber ser quien es y ayudarnos a encontrar nuestro lugar, por el ánimo y la ilusión inculcados, y porque no se canse nunca de dirigir o lidiar nuestras batallitas, algunas imprescindibles, otras perdonables.
Vidriales siempre fue tierra amada, no hace falta saber de arqueología o sociabilidad para descubrirlo; me gustaría saber contar mejor para elevar a su lugar y darle la merecida importancia para el valle de esta fiesta. El objetivo es unir a los vidrialeses anfitriones con todos los pueblos invitados como se vieron hace varias décadas en la romería que cada año llenaba las eras de Rosinos. Estrechos lazos nos unen con nuestros vecinos; ojalá, y es deseo de todos recuperarlos. Para quienes trabajan en este precioso proyecto, y como siempre se dijo… que la Virgen se lo pague.
























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Fiesta en el Santuario Virgen del Campo, 2014

Dom, 08/17/2014 - 22:29













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Pito, pito, cirolito...

Mar, 08/12/2014 - 00:09


Postulaba un estimado amigo, de cuyas charlas suelo acordarme, que lo que más nos diferenciaba como personas no es el color de la piel, ideas, creencias, gustos u otros rasgos superficiales; lo que más nos hace distintos y también lo que más nos une es el habla, el lenguaje; la educación y vocalización de los sonidos que nos desarrollan como sociedad. Según la revista Muy Interesante, pudiera haber entre 3.000 y 5.000 lenguas distintas; otras fuentes, como The Ethnologue: Languages of the World, sube la cifra a 6.909 en el año 2.009, aunque se calculan “solamente” unas 600 que cuentan con más de 100.000 hablantes. Se dice que el “español” está en cuarto puesto, tras el chino, el inglés, y el hindi. Las comillas son por el problema que supone definir “español”, y supongo que con otros grandes idiomas también suceda, que si por ejemplo un mejicano habla su español con un onubense, tendrán el mismo idioma pero seguro que les costará entenderse hasta en las cosas sencillas y mundanas. Son cosas de acentos y dialectos, de cambios de nombre para las mismas acciones u objetos, de herencias lingüísticas ancestrales que complican el básico entendimiento, aunque también en ese galimatías está la riqueza de la lengua.
“Eso no se dice”, es sentencia de muchos cuando oyen palabras nuevas o distintas, sin pararse a pensar la cantidad de personas que se expresan de esa forma, y así lo han hecho desde tiempos inmemoriales: son palabras transmitidas oralmente, con adaptaciones y cambios propios del uso y mezcla de distintas generaciones. Todas me parecen válidas, aunque no figuren en ningún diccionario; razón de más para preocuparnos por su posible desaparición. Los académicos de la RAE, desatinadamente según mi opinión, se fijan más e incluyen los nuevos hablares de la calle mezclas de otros idiomas que las propias de viejas lenguas, verdaderas cunas de nuestro “español”.
Menos mal que siempre quedan enamorados de su tierra y costumbres para recoger y perpetuar con un libro la forma de hablar de sus vecinos, que puede ser notablemente distinta como he dicho, en unos kilómetros a la redonda. De cerca me queda mi querida Valdería y su peculiar español o leonés, o quizás deberíamos decir “valderiense” para poder concretar el contenido del trabajo publicado por Isidora Rivas Turrado, Voces del Éria, indispensable para cuantos apreciamos y disfrutamos del valle que riega este río de origen leonés que regala sus aguas al Órbigo en la zona zamorana de Benavente y los Valles. Un libro con forma de diccionario al que seguramente le faltan muchas palabras, pero no ilusión por impedir que el olvido arrastre ya a las recogidas hacia su oscuro cubil. Por eso el encanto de los ejemplos en el propio dialecto detrás de las definiciones, para encajar cada acepción en su contexto. Casi todas nos llevan en volandas a los recónditos rincones de la memoria, y nos traen nostálgicas estampas de un pasado, por qué no, feliz. Leer algunas palabras en sus frases invita a revivir momentos junto a personas queridas ya desaparecidas, es recrearse en perdidos sabores y olores, es detener el tiempo o incluso retroceder hacia viejos usos y costumbres.
Isidora comenzó a recoger palabras de una forma auténticamente leonesa, y con esa misma expresión: “A peto”. Ella misma la define como “a propósito, con deliberada intención, ex profeso, adrede, expresamente”, y nos lo adorna en la frase “vino a peto al mercao, a La Bañeza, por unas galochas…”. Ciertamente enérgico, de lujo, el comienzo. Junto a las palabras, incluye algunas frases hechas, contracciones, topónimos, nombres de útiles, de juegos, de medidas, de costumbres sociales o curiosas marcas para reconocer el ganado. Y como introducción añade varios de aquellos inclasificables versos, algunos carentes de sentido, con los que jugamos, cantamos, rezamos o simplemente repetimos, aprendidos hartos de oírlos y otros, gracias Isidora, volvemos a recordar de labios de quien bien nos quería y preocupaba de aportarnos entretenimiento y diversión. Una introducción breve, pero grata y generosamente ampliada en su segundo libro: “Pito, pito, cirolito” y sus “decires de memoria”. Los versos de siempre para que nunca se nos olviden. Dos libros indispensables para consultar y disfrutar, máxime por quienes vivimos aquellos ambientes que parecen tan lejanos y solo están en los albores de nuestra niñez.
Cuando lo oral se vuelve escrito, con sentimiento, un libro se vuelve mágico. Cuando además habla del terruño…
P.D.- Isidora Rivas Turrado nació en San Félix de la Valdería, y es licenciada en filología hispánica y filología francesa.



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El Pendón de Vidriales

Jue, 07/31/2014 - 00:42

Aun no pudiendo describir con claridad lo que siento al ver, o mejor, al participar en un desfile de pendones; si solamente tuviera licencia de una palabra para relatar ese hermanamiento de pueblos, esa sería sin dudar ORGULLO, bien entendido como “satisfacción personal que se experimenta por algo propio o relativo a uno mismo y que se considera valioso” (Diccionario WordReference.com). Poco importa si un día fueron estandartes de guerra, o distintivos de caballeros, si fueron perdidos y recuperados, regalados o comprados; los porteadores y sus acompañantes lucen orgullosos sus pendones entre músicas y bailes, con valentía y distinción, como si las majestuosas insignias ondeadas por el viento representaran mejor que nada todo el acervo de un pueblo, su mejor legado. Alegría y fiesta, compañerismo, tradición. Equilibrio físico y espiritual por mantener en vertical y hacia adelante una pesada y delicada carga: una vez que tu grueso cinturón de cuero se engancha a ella te atrae para siempre; de todo esto he sido testigo este pasado domingo en la última concentración, en la V Fiesta de las Comarcas Bañezanas de La Bañeza.
Otro escenario, vidrialés por excelencia: el Santuario de la Virgen del Campo. Allí, desde tiempos inmemoriales, un pendón se enarbolaba destacando con elegancia en las procesiones de las romerías hasta 1987, año que por descuido la vara se partió y un tiempo más tarde el paño acabó deteriorándose en algún húmedo cajón. Del mismo modo, por dejadez, el templo fue cerrado al público y se hicieron cosas, para juicio de muchos, nada aceptables. Ha sido y es obligación de y para los vidrialeses recuperar el Santuario de su Patrona, restaurar el edificio y sus retablos, iluminarlo, sonorizarlo, y disfrutar de su veneración y fiesta. Y ha sido y está siendo realidad la recuperación y puesta en marcha de un nuevo pendón, copia del antiguo, para continuar con mayor fidelidad la tradición. Una vieja copla vidrialesa le cantaba, también con orgullo:
Vidriales de mis amores,bandera de mi nación;que hasta el cielo dibujatus dos colores el sol.
Son los dos colores del pendón, los que representan a la Virgen María: el azul celeste, ese precioso color del cielo que vemos en un día despejado en dirección norte (sin contaminación), y el indescriptible blanco puro y algodonoso de las nubes o el misterioso brillante de la luna. Con su vara de 9 metros, con cruz parroquial por tradición religiosa de encabezamiento de procesiones, y ramo de flores por su ancestral sentido céltico, saldrá por primera vez el 30 de agosto para saludar de nuevo a su tierra y sus gentes, al sol, al viento, al cielo, a las nubes y a la Patrona del valle, a la que se debe. Se verá acompañado, o al menos lo estamos proponiendo, por los pendones de las localidades cercanas en desfile desde San Pedro de la Viña. Ese será el resurgir de sus cenizas.
En La Bañeza, cosas de salir y moverse, tomé contacto con José Antonio Ordóñez, de la asociación Pendoneros de León, quien me contó una cosa extraordinaria: ha tenido acceso a dos documentos del año 1601 en los que se detallan características del pendón del Santuario de la Virgen del Campo, uno es un contrato con dos mayordomos de Rosinos, y el otro una tasación. El Santuario se terminó de construir hacia el año 1767, lo que significa que el pendón ya era reliquia de un anterior templo cristiano, quizás una ermita enclavada en el mismo lugar, donde dicen que anteriormente también hubo una mezquita y mucho antes un templo a alguna deidad romana. Y es que algo tiene el lugar de especial, para que tantas culturas fijaran la vista y dejaran aquí sus huellas, y haya sido elegido como centro de encuentro en antiguas romerías y para las nuevas celebraciones.
La fotografía del encabezamiento de éste artículo, con la torre del Santuario a la izquierda, es de los primeros vientos del pendón sin terminar de coser y sin los remates. Tal era nuestra ilusión por verlo ondear que no resistimos la tentación de contemplar el estandarte que vamos a exhibir y divulgar por la contorna, la enseña de unos antepasados a los que debemos honor y honra, es la marca propia vidrialesa, es… el Pendón de Vidriales.

























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El ocaso de los pueblos

Dom, 07/13/2014 - 23:53

Es evidente mi pasión por la historia, especialmente por los tiempos pasados de nuestra comarca, lo ocurrido para llegar donde hemos llegado y comprender quienes somos para pensar lo que podemos llegar a ser. Decía Abraham Lincoln: "Si pudiéramos saber primero en donde estamos y a donde nos dirigimos, podríamos juzgar mejor qué hacer y como hacerlo”. Me parece inestimable la ayuda que nos ofrece Google, tanto en la digitalización de libros antiguos como en la divulgación y mantenimiento gratuito de este y otros blogs preocupados por el tema. “El conocimiento os hará libres”, decía Sócrates; pues sea, vamos a conocer por esa ansiada libertad desde las primeras referencias escritas que he encontrado sobre censos y cuentas de vecinos de nuestro pueblo, hasta el último censo del pasado mayo; un repaso de historia y sobre todo de gentes.
Comenzamos por un primer libro encontrado, que recoge el censo de población de la Corona de Castilla en el siglo XVI, con datos extraídos del Real Archivo de Simancas por el capellán Tomás González. Hay dos censos, uno de vecinos pecheros (personas obligadas a pagar tributo, no el verdadero número de habitantes o “almas”) en el año 1594, en el que el pueblo de “Ayo” (atención a los nombres)  hay 118 vecinos, y en “Congosto” (Congosta) y Carracedo 75. Un segundo censo es del Obispado de Astorga del año 1587 a través del Arciprestazgo de “Valdevidriales”, que tiene inscrita una pila bautismal y 101 vecinos en “Ayó”, en Carracedo 1 pila y 20 vecinos y en Congosta 1 pila y 29 vecinos; se desconocen cuantas “almas”, aunque un promedio aceptable parece ser el de cuatro por vecino. Me parece un libro interesante, que incluye la “provincia de las tierras del Conde de Benavente”, con nada menos que 60 pueblos, incluidos Benavente, Cubo (de Benavente) y “Fuencalada” (Fuente Encalada). Ayoó y sus anejos Carracedo y Congosta, San Pedro de la Viña y Molezuelas vienen en la relación de la provincia de Zamora, en Tierra de Alcañices.Un segundo libro, el Diccionario Geográfico-estadístico de España y Portugal, escrito por Sebastián Miñano y Bedoya, publicado en 1826, nos habla de un Ayoó de la provincia de León ¿?, con 70 vecinos, 269 habitantes, y recalca sus muchas fuentes y sus tejados de urces. Recoge la parroquia del Salvador, la ermita de San Mamés, y un almacén… ¿la Lóndiga?Tercer libro, el Diccionario Geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, de Pascual Madoz, publicado en 1847. Mucho más extenso, habla de 62 casas, el ayuntamiento, y un total de 56 vecinos, 221 habitantes.31 años más tarde, en 1878, conocemos el telegrama publicado en La Iberia sobre el famoso incendio de Ayoó, donde se dice que se quemaron 44 casas, de ellas habitadas 33. Por mucho que el pueblo creciera en tres décadas, con estos datos nos podemos hacer una idea mejor de la magnitud de la desgracia; hoy hubiese sido declarado siniestro total.Llegamos al cuarto libro, publicado en el año 1967, quizás el mejor estudio hecho hasta el momento de Zamora: agronomía, geología, clima, ganadería, y un largo y valioso etcétera de información; a ella nos remontamos para conocer los censos en el, seguramente, momento de mayor actividad de nuestros pueblos. La población está registrada por ayuntamientos y por propietarios; en el de Ayoó, con 2 pueblos, había 1.223 habitantes con 42.327 parcelas para 942 propietarios. De ellos solo 2 tenían tractor, el señor Ismael Ferreras y el señor Lorenzo Alonso; juntos sumaban 90 CV. La densidad ganadera es espectacular: había censadas 475 vacas, 471 cerdos, 1.851 ovejas, 680 cabras, 133 caballos y yeguas, 21 burros y burras y 11 mulas o machos, lo que hacen un total de 3.642 cabezas de ganado, y nunca se censó el total real. Todo para 60,04 Km.², la mayor extensión de la zona Benavente y los Valles, y el número 38 de la provincia.
Según el censo electoral de las recientes elecciones de mayo, el ayuntamiento actualmente cuenta con 344 votantes, o sea, personas censadas de más de 18 años. De menos los contamos con los dedos de una mano, así que el total no llega a los 350 habitantes para los tres pueblos. La parte buena está en el derroche de tranquilidad y, en contra de lo que muchos piensan, bienestar; el día a día es lo sano y apacible en sumo grado. La parte mala está en que solamente en Ayoó más de 70 ancianos cuentan con más de 80 años, y no lo digo por que la población envejecida sea un problema, si no porque ya parece que las campanas de la iglesia no dejan de encordar. Que lejos quedan las décadas 60 y 70, en la que solamente mozos, varones solteros de más de 14 o 15 años, se llegaron a contabilizar más de 100. Por otra parte el monte avanza, y con él sus criaturas, que arrasan los cada vez menores bienes agrícolas. En la lucha humano-naturaleza poco podemos hacer ante una rival tan constante y obstinada por el libre albedrío; ha venido para quedarse, exigir lo que es suyo y recordarnos las consecuencias anunciadas del abandono progresivo. El tiempo es un juez tan sabio que no sentencia de inmediato, pero al final da la razón a quien la tiene, pone cada cosa en su lugar y pasa cada factura a su pagador. Esta es nuestra cuenta pendiente: se me antoja que está llegando, lenta e inexorablemente y de una forma marchita, el ocaso de los pueblos.


















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